El Antiguo Testamento: Dios educa a su Pueblo

1. Dios Creador. Dios de todos los hombres

 

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El universo es obra de Dios: Gén 1; Is 44,24; Sal 8,4; 18,2; 32,6. Dios Creador de los Cielos y de la tierra: Gén 1,1; Gén 14,9; 22. Dios crea de la nada: 2Ma 7,28.

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Dios crea con Sabiduría: Sal 104,24. Dios crea mediante su Sabiduría: Pro 8,22; Sab 8,6; Sir 24,9; o mediante su Espíritu: Sal 33,6; 104,30; Jdt 16,14. Dios crea con peso, número y medida: Sab 11,20.

Los apóstoles descubren que esta Sabiduría es el Verbo o Hijo de Dios: Jn 1,3; Col 1,16. Por él Dios dispone el desarrollo de la historia: Heb 1,2. Dios hace madurar la creación infundiéndole su Espíritu: Sab 1,1-7; Sab 10; 11,20-12,2.

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Dios nos ha creado en su Hijo: nos hace hijos «en él»: Gál 3,26-29; 4,4-7; Ef 1,3-4. Y da vida a la persona humana con su palabra y su Sabiduría: Dt 8,3; Pro 8,1-21; Lc 1,50-55. Ejemplos en Ex 3; Jue 6; 1R 19,6-8; Is 6,8; Jer 15,19-21 ( Ver también 153-156 ).

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El universo alaba a su Creador: Sal 18,2; 148; Ba 3,34; Dn 3,56-80.

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Dios gobierna el universo: Sal 33; 96; Ap 4,1-10. Dirige los acontecimientos para nuestro bien: Mt 6,31; Lc 12,5-7; Jn 16,23; Rom 8,28. Dios cuida de todas sus criaturas: Sal 104; Jonás 4,11; Sab 11,23-26.

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En el desarrollo del universo y la ejecución de los planes divinos intervienen criaturas espirituales llamadas ángeles: Za 1; Ex 23,23; Tobías; Dn 3,49; 9-11.

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Dios ha bendecido la humanidad y su desarrollo: Gén 1,28. Renovó su bendición después del pecado: Gén 8,21; 9. Es Dios de todos los pueblos: Dt 33,3; Mal 1,11; y salvador de todos: Jon 4,11.

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Dios castiga los pecados de los hombres (Ex 7-10), pero nunca deja de querer a los hombres: Gén 8,21.

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Dios da signos a todos los hombres (He 14,17; Mt 2,1) y también les da profetas para interpretar esos signos: Núm. 22-24; 1Sam 6; Jonás. Hay santos fuera del pueblo de Dios: Henoc (Gén 5,23), Melquisedec (Gén 14,18), Job y Daniel (Ez 14,14).

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Sin embargo, para llevar a cabo su obra de salvación, no desde afuera, sino dentro del marco de la historia, y respetando las etapas necesarias, Dios se elige un pueblo suyo mediante el cual sus promesas llegarán a todos los pueblos: Gén 12,3; Gál 3,8 y 14 (ver 37)..

2. Dios concede a Abraham su Alianza

 

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Primer paso de la Historia Sagrada: Dios llama a Abraham: Gén 12,1. El llamado de Dios a Abraham incluye una doble promesa: él le dará una descendencia (Gén 15,4; 18,10) y una tierra: Gén 12,7.

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Dios hace una Alianza con él. En adelante será el Dios de Abraham y sus descendientes para siempre: Gén 15,18; 17,7; Is 51,2.

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Esta Alianza hace de Abraham (y sus descendientes) el servidor de Dios y su obra en este mundo, para que la bendición de Dios llegue a todas las naciones: Gén 12,3; 28,14.

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En varias oportunidades Abraham demuestra su fe en las promesas de Dios, para el cual nada es imposible: Gén 15,1-6; 22.

24

Dios deja en claro que se siente agradecido por la fe de Abraham (Gén 15,6) y por su obediencia (Gén 22,26 y Stgo 2,21) más que por el cumplimiento de cualquier práctica religiosa (Rom 4,3-4 y 4,19-22).

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La fe de Abraham lo hace amigo de Dios: Is 41,8; Dn 3,35; Stgo 2,23; y que vive con Dios más allá de la muerte: Lc 20,38.

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Por su fe Abraham pasa a ser persona que cuenta a los ojos de Dios y es tomado en cuenta cuando él toma sus decisiones: Gén 19,17-33; Is 41,9; 43,1; 49,4.

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La fe de Abraham indica el camino que, en adelante, se impondrá a todos los hombres para recibir las promesas de Dios: la fe en las promesas de Dios (Rom 4,20) el que puede incluso resucitar a los muertos: Heb 11,17-19.

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La Alianza con Abraham es confirmada a sus descendientes: (Gén 28,10; 32,23; 49,28). Pero dicha alianza sigue siendo un favor de Dios y que se transmite, no a todos sus hijos por derecho de familia, sino a los que Dios designa: Gén 21,12; 25,23; Rom 9,6-13.

3. Moisés y el Exodo. El Dios Libertador y Justo

 

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Dios ve las humillaciones de su pueblo en Egipto (Ex 2,24 y 3,7) y se acuerda de su Alianza con Abraham (Ex 2,24 y 3,16). Dios llama a Moisés (Ex 3,1 y 6,28) para liberar a Israel.

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En la cultura hebrea, el que libera una cosa o una persona es el que la compra o la quita a su dueño para hacerla suya. Israel es liberado del poder de los egipcios para pertenecer a Dios: Ex 3,10 y 3,12; 19,4 y 19,6; 20,2 y 20,3.

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El Dios que libera a Israel le enseña su propio Nombre , o sea, algo de su misterio. Nombre con el que Israel lo invocará: Ex 3,14-15.

Yavé: Yo Soy. Ver com. de Ex 3,1 y Jn 8.

Yavé, El que Es, El que hace existir, el Dios que se fija en lo que no es y no cuenta, para humillar a los que se creen: 1Sam 2,4-8; Sal 113,7; Rom 4,17; 1Cor 4,17. Ver com. de Ex 3 y 4.

33

Yavé es el Dios Unico (Dt 6,4), al que no se puede figurar sin rebajarlo (Ex 20,4), totalmente diferente de todo lo que puede imaginar y forjar el hombre, o sea, de todo lo que se puede ver (Dt 4,12) y solamente por su palabra lo conocemos (Dt 4,12; Jn 5,38). Contra las imágenes: Dt 4,15 y com. de Is 46,5 y Ba 6.

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Dios es Santo (Am 4,2; Os 11,9). La santidad significa vitalidad irresistible, pero muy interior, energía que devora y a la vez da vida. Dios es Santo, y Santo es su Nombre (Am 2,7; Lev 20,3; Is 57,15). Nadie puede soportar su presencia cuando se acerca (Ex 19,16; Is 6,1). El hombre no lo puede ver: Ex 3,2 y 33,20; Jn 1,18; Col 1,15; 1Tim 1,17; com. de Gén 16,1. El hombre no puede juzgar sus actuaciones: Is 40,21; Ez 18,29; Job 38 y 42; Rom 11,33; 1Cor 2,9.

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Dios es Celoso (Ex 20,5): no soporta que un extraño venga a profanar aquello que eligió o en que él se fijó, santificándolo por el hecho mismo (Núm 17,1). No soporta que sus empresas fracasen: Ez 36,22; Ex 32,12. No puede ceder su gloria a otro: Is 48,11. Fuego devorador y Dios celoso: Dt 4,23; Heb 12,29.

36

Dios es Justo. Perdona el pecado, pero no lo deja sin castigo: Ex 20,5; Jue 2,13-22; 2Sam 12; Jer 3; Os 2-3. Saca a luz los pecados: Jos; 1R 21,20; Is 22,14; Mt 12,37. Dios es justo y sus mandamientos nos exigen ser justos: Ex 20,1-17. Ver 50.

37

El Dios Unico, Santo, Celoso y Justo es un Dios que actúa dentro de la historia y pide a los suyos actuar en la historia, a diferencia de los otros dioses que son dioses de la naturaleza (ver com. de 1R 17). El Dios Libertador (Ex 14;15; 16 y 17) también exige la conquista de la Tierra de Canaán: Ex 34,11-13; Núm 14 y com. de Ex 32.

En adelante la religión de Israel, en vez de recordar sólo cosas del pasado, esperará nuevas liberaciones (Jue 4-6: 1Sam 17; 2R 18-19; 1Ma 4; Lc 1,73; He 1,6) y se fijará nuevas metas: Is 40-42; 65-66; Za 8,20-23; Dn 7,26-27; He 1,8.

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En el Sinaí Dios celebra una Alianza con el pueblo que será su servidor para actuar dentro de la historia: Is 49,1-9; Sal 2; Sal 149,6-9.

Los hace pueblo de sacerdotes y nación consagrada: Ex 19,6; 24,3-11; 1P 2,9.

Renovación de la Alianza: Jos 8,30; Jos 24; 2R 23,21; Ne 8. Hacia una Nueva Alianza: Jer 31,31; Ez 36,22; Mal 3,1.

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La tradición hebrea considerará a Moisés como el primero de los profetas (Dt 18,18-20; 34,10-12). Afirma que fue el primero en conocer el verdadero rostro de Dios: Misericordioso y Clemente, rico en Amor y Fidelidad: Ex 34,1-9.

4. Tiempo de los Reyes
a) Los primeros profetas enseñan que Dios es Amor y Fidelidad

 

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A partir de David se desarrolla el profetismo en Israel. Los profetas afirman que Dios es Amor y Fidelidad, en especial en el Deuteronomio.

Amor y Fidelidad: refrán del salmo 89: vers. 2,3,15,25,29,34,50. Dt 7,9; 2S 2,6.

Amor (o Favor , o gracia) de Dios para Israel. Lo escoge sin mérito suyo: Dt 7,7; 9,5; 10,15. Le da la Tierra (la tierra de Canaán) en herencia: Dt 4,1; 4,38; 6,10. Y lo hace hijo suyo: Dt 32,5-6; Os 11,1; Is 1,2.

Le da prosperidad en la Tierra: Dt 7,12-15; 8,18-19. Israel guardará los dones de Dios si cumple y ama a Dios: Dt 4,40; 6,10-19; 11,12-21.

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Si Israel falta a Dios, él le quitará prosperidad y Tierra: Dt 4,24-31; 28,15-68. Pero Dios, siempre fiel, convertirá a Israel después de castigarlo: Dt 30,1-10. Un resto de Israel se salvará (ver 1R 19,18 y 60,69 ). El destino de Israel, elegido, castigado y restaurado: Dt 32. Entonces los amaré: Os 14,5.

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Amor (o Favor) de Dios a David. Le entrega el Reino y lo hace hijo suyo: 2Sam 7,12-16. En Israel, solamente los reyes eran considerados hijos de Dios: 2Sam 7,14; Sal 89,27-28; Sal 2,7. Por amor a David, Dios mantiene a sus descendientes: 1R 8,25; 11,34.

Por sus faltas ellos merecen que Dios los rechace: Jer 22,24. Pero él, misericordioso y fiel, establecerá nuevamente un descendiente de David ( ver 60 -69).

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Fidelidad o Verdad: en hebreo es la misma palabra, y es equiparada a amén, que significa: ¡es verdad! (2Cor 2,18-20). Toda palabra de Dios es fiel y se cumplirá: 1R 8,26; Ne 9,33. La fidelidad de Dios con Israel no puede desmentirse: Rom 11,28; 15,8.

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Los reyes deben conformar su política a las exigencias de la Alianza (Dt 17,16-20; 1R 13; 2R 9,6-10). Mientras los sacerdotes condenan las desobediencias a la Ley de Dios (2Cro 26,16), los profetas se fijan en las iniciativas que desmienten el espíritu de la Alianza: 2Cro 20,36; 2Cro 25,15.

5. Tiempo de los Reyes
b) Los grandes profetas hablan de Amor, de Justicia y de Humildad

 

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Amarás a Dios con todo tu corazón, toda tu alma (Dt 6,4). El amor a Dios, actitud interior, vale más que el culto: Os 6,6 y los sacrificios costosos: Mi 6,7-8; Jer 2,2.

El amor verdadero procede del conocimiento de Dios: Is 1,3; Jer 31,34; Os 2,22; Os 3,5. Conocer a Dios es reconocer su manera de actuar en los acontecimientos: Is 1,1-6; 22,8-14; 28,23-29; 30; 31,1-9; 42,18-25; Jer 6,10-16; Am 4,4-13; y escuchar a sus profetas: Is 6,9-12; 8,11-18; 41,21-29; Jer 13,15-17; Am 5,6-8; Za 7,9-12.

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Amor y conocimiento de Dios serán los frutos de la Nueva Alianza, interior y don de Dios: Jer 31,31; y obra del Espíritu: Ez 36,27-30; Jl 3,1-2; alianza de Dios con los humildes y pobres de espíritu: So 3,11.

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La Alianza debe tornarse en un verdadero matrimonio. Israel, novia de Yavé: Is 54; 61,10; 62,1-5. Israel comparado a novia infiel: Os 2; Jer 2-3; Ez 16 y 23. Las futuras bodas en el Amor y la Fidelidad: Os 2,20-25; Jn 1,17; Ap 21,2-4; 21,9.

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Dios, Justo y Santo, exige la Justicia social. Volver a una sociedad igualitaria y fraternal: Jer 34,8-19. El rico es un opresor: Is 5,8-9; Mi 3,9-11; Mi 2,9. La desigualdad, fuente de violencia: Is 5,7; Ez 22,23-25; 24,6-8; Am 5,7-13; Mi 2,1-5. Las leyes injustas: Is 10,1-2; Am 5,7.

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Dios odia el orgullo procedente del dinero: Is 2,6-22; 3,16-24. Odia el orgullo procedente del poder: Is 14,5-21; 36,22-29; 47; Ha 2,6-13.

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Dios prepara un Juicio destructor, llamado Día de Yavé: Is 1,24-28; Am 5,14-21; So 1,14-18; 3,1-8. Un Juicio que restablecerá la justicia: Is 2,1-5; 4,2-6; Ez 34; y dará la paz definitiva: Is 9,1-7; 11,1-9; 32,15-20. Prepara una Ciudad de Justicia: Is 1,26; 60; Za 8,1-17. Y un triunfo de los humildes: Is 26,1-6; So 3,12-18. Y un consuelo a los oprimidos: Is 61,1-3.

6. El Dios Redentor y su Mesías

 

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La palabra Redención significa en la Biblia lo mismo que Liberación. Uno libera algún objeto o persona que estaba en poder de otro, para hacerlo suyo: es un poco como comprar. Ver en Lev 25 la redención de los esclavos y las tierras empeñadas. Más todavía: Rut 2,20; 3,12; 4.

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Dios Redentor saca a su pueblo del poder de los extranjeros: Jue 2,13-17; Dt 4,34; Ex 20,1; 3,8. Después de la primera liberación de Egipto y numerosas liberaciones (Jue 3; 4; 1Sam 7; 2R 19) se acredita en tiempos del Destierro la idea de que se acerca una liberación definitiva: Is 40; 41,8; 43,1-7.

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También Dios hizo esperar que, salvando a su pueblo, daría paz a toda la tierra: Gén 12,3; Is 49,6. Esta esperanza tomó forma con el rey David: Israel creyó haber encontrado en este ungido (o Mesías ) el rey perfecto. A él se refieren Gén 49,10; Núm 24,7 y 17.

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Luego consideraron a David y sus descendientes como revestidos de un carácter sagrado, esperaron la venida de un Mesías semejante a David: Sal 132; Sal 72; Jer 30,9. Pero también entendieron que el Mesías aventajaría a todos los soberanos de la tierra y establecería el reino de Justicia y paz: Is 4,2; 9,1-7; 11,1-9; Sal 2; Sal 110.

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Durante el Destierro el autor de la 2ª parte de Isaías ve en la minoría más creyente de Israel el Servidor de Yavé, instrumento de su salvación: Is 49,1-6; 50,1-9; 52,13-53,12.

La figura de un Mesías sufrido aparece también en Za 12,10-12.

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En Dn 7,13 el Hijo del Hombre, que viene de Dios mismo, era tal vez una figura del Pueblo Santo (7,27). Pero Jesús lo considerará como un anuncio de él: Mt 24,30 y 26,64.

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Varios textos de la Biblia nos dejan en la duda: ¿no será Dios mismo el que visitará a su pueblo para encontrarse con aquellos que lo esperan? Is 25,6-10; 52,7-12; 63,19; So 3,14-18; Za 2,14-17.

Cuando la Biblia habla del Pastor que regirá a Israel, designa a veces al Rey Mesías (Jer 23,4; Mi 5,4; Za 13,7), a veces a Dios (Is 40,1; Mi 7,14; Cantar 2,16; Sal 23,1; Sal 28,9; Sal 80,2) y fácilmente asocia el uno al otro: Ez 34,11-25.

7. Los tiempos del Judaísmo: la religión de la Ley

 

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La Ley designa a veces el conjunto de leyes de la Biblia (Mt 22,36), a veces la misma Biblia (Jn 12,34), a veces la religión judía (Gál 2,19). La Ley y los Profetas, o La Ley, los Profetas y los Salmos, son dos expresiones para designar la Biblia (Mt 7,12; Lc 24,44).

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La Ley manifiesta dos exigencias principales: Justicia y Santidad. Santidad, o sea, respeto a Dios y las reglas de pureza. La primera se nota más en los Diez Mandamientos de Moisés (Ex 20,1-17). La segunda en los Mandamientos de Dios, tal como están en Ex 34,10-26.Leyes de Justicia: Ex 21-22; Lev 16,18-20; Lev 19,10-18 y 19,35-36; Dt 19 y 24.Leyes de santidad: Lev 1718; Dt 23.

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La Ley era a la vez expresión de la voluntad de Dios y expresión de la cultura judía. En ella se nota el esfuerzo de Dios para transformar las costumbres de Israel y educar a los creyentes: Ex 15,15; com. de Lev 8,1; 11,1; 24,17.

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La Ley distingue días comunes y días consagrados a Dios. El sábado: Gén 2,3; Ex 20,8; 23,12; 34,21; Núm 15,32; 28,9-10. Las lunas nuevas: Núm 28,11-15.

Las tres fiestas de la Pascua, de las Semanas (Pentecostés) y de los Tabernáculos (de las Chozas): Dt 16; Ex 23,14-17; Lev 23; Núm 28,11-31; Núm 29,1-6 y 12-39.

Sobre la Pascua en especial: Ex 12,1-27 y 43-51.

El Día del Perdón: Lev 16; Núm 29,7.

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La Ley determina lo puro y lo impuro , o sea, las condiciones para participar en el culto divino (Lev 15,31).

La Circuncisión: Gén 17,9-14; Ex 12,48.

Pureza en la vida sexual: Lev 12,1-8; Lev 15.

Enfermedades: Lev 13-14.

Contacto de muertos y de animales impuros: Lev 11,24-40; Lev 21,1-12; Lev 17,15-16.

No mezclar materias o aparejar animales de dos razas: Lev 19-19

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La Ley prohíbe ciertos alimentos:

- La sangre: Gén 9,4; Dt 12,16; Lev 17,10-14.

- La grasa: Dt 14,21; Lev 7,22-25.

- Ciertos animales: Dt 14,3; Lev 11,1-23.

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La Ley contiene una moral sexual: Ex 21,7-11; Lev 18; Lev 20,11-21; Lev 21,13-15; Dt 22,13-30.

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La Ley enseña la solidaridad dentro del pueblo de Dios:

Amarás a tu prójimo (de tu misma raza y pueblo): Lev 19,18. Pero pide la separación y agresividad con los extranjeros: Ex 23,32; Dt 22,9-11; 23,4, y en especial condena el matrimonio con extranjeras: Dt 7,3-5.

Formas de solidaridad con el pobre: Ex 22,25-27; Dt 22,1-4; 24,10-22; 23,20; Lev 19,9-11; 23,22; 25,35. Respeto a los desamparados, la viuda, al huérfano y al forastero: Ex 22,22-24.

El año de la Redención: Lev 25,13.

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La Ley enseña el don a Dios y sus sacerdotes:

Los diezmos: Ex 23,19; 34,26; Núm 18,21-32; Dt 14,22-29.

Los sacrificios: Lev 1-7.

Los sacrificios voluntarios: Ex 25,1; Núm 6; Dt 16,16-17.

Derechos de los sacerdotes: Lev 7,9; 7,34-36; Núm 18, 25-28; Dt 18,8-19.

8. La enseñanza de los Sabios

 

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La Biblia hace de Salomón el primero y el modelo de los sabios: 1R 4,29-34; Sir 47,14. El sueño y el juicio de Salomón: 1R 3. Se le atribuyen varios libros de sabiduría posteriores a él: Pro 1,1; Ecl 1,1; Sab 9,12.

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La sabiduría significa: Inteligencia práctica para regir su casa y alcanzar el éxito: 1R 10,6; Ez 28,1-7. Luego, esfuerzo para educarse y ser hombre responsable: Pro 1,20-27; 9,1-5. Después, capacidad para ordenar su vida de acuerdo con la Ley de Dios: Pro 16,1-11; Sir 15,1-5; 24,23-30.

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¿Cómo adquirir la sabiduría? La sabiduría es don de Dios: Sir 1,1; Sab 6,14-16; 9,1-6. Se encuentra en los dichos de los sabios y la meditación de sus proverbios: Pro 1,6; 13,20; Sir 6,34-36. En la dominación de los caprichos: Sir 11,1-10; 23,1-7; Pro 16,32. En la perseverancia en las pruebas: Sir 2,1-14 y en el estudio: Sir 6,23-33. En la meditación de la Ley: Sir 32,7-24; 39,1-11; 51,17-21; Sal 119. En la reflexión sobre la experiencia: Ecl 1,12-18; 2,1-11; Sir 34,9-11.

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Los sabios preguntan: ¿qué es el hombre? La casi totalidad del Antiguo Testamento se escribió entre judíos de cultura hebrea y expresa los conceptos de dicha cultura. Esta no distinguía en el hombre, como lo hacemos nosotros, una parte espiritual, o alma, y una parte material o cuerpo, sino que veían el hombre como uno solo y, al hablar de la carne, del cuerpo, del corazón, designaban sus varios aspectos. El hombre es llamado carne y sangre por cuanto es criatura mortal. Se llama alma por cuanto es ser viviente. El alma significa aliento (Gén 2,7 y 7,22) y los judíos identificaban fácilmente el aliento con la vida (Sal 104,29). Además, creían que la vida estaba en la sangre (Lev 17,10-14). El espíritu designa su abertura a Dios. El corazón designa lo interior del hombre, no solamente sus sentimientos, sino su mente y su conciencia. Muy a menudo mi alma debe traducirse: mi persona, mi vida, o yo.

A diferencia de los animales, el alma del hombre recibe algo del Espíritu, o soplo de Dios (Gén 2,7). El espíritu es a la vez espíritu del hombre y Espíritu de Dios en el hombre (Ecl 12,7).

El hombre es libre y responsable de sus actos: Sir 15,11-21 y 17,3-14.

El hombre es pecador desde su nacimiento (Sal 51,7; Job 10 y 13). Este peso del pecado sobre él es el resultado del pecado de sus antepasados: él lleva las consecuencias de sus errores: Gén 3; Jer 31,29; Lam 5,7; Sal 106,6; Tob 3,3.

El mal profundo del hombre es la muerte : Job 14; Ecl 3,18-22; 6,1-10; 8,7; Sir 42,9-14.

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¿Cómo debe ser la pareja? Se afirma la igualdad del hombre y de la mujer en el comienzo de la Biblia: ver los comentarios de Gén 1,26 y 2,20. Pero eso va en contra de toda la corriente de la cultura hebrea, que es muy machista. La inferioridad de la mujer, reconocida por la Ley (Dt 24,1; Núm 5,11; Lev 27,3-7), es aceptada por los sabios: Ecl 7,27-28. La hacen responsable de los pecados del hombre (Pro 7,5-27; y piden vigilarla: Sir 42,9-12; Sir 25,15-26) y la elogian por cuanto sirve bien al señor marido: Pro 31,10-31; Sir 36,23-26. Solamente el Cantar reconoce su igualdad en el amor.

85

El trabajo y el esfuerzo del hombre son la condición de su superación: Pro 6,6-11; 27,23-27; Sir 7,15. El trabajo ocupa al hombre (especialmente al esclavo) y lo disciplina: Sir 33,25-28. El trabajo no es todo en la vida: Ecl 2,4-11; 4,7-12.

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En cuanto a las relaciones sociales, el orden social es aceptado con sus distinciones entre ricos y pobres, reyes y súbditos: Ecl 5,7-8; 4,1-3; Sir 8,1-3. El rey es respetado como representante de Dios: Pro 16,10 y 24,21. Pero su compañía es peligrosa (Ecl 8,2-4; Sir 13,9-10) y se temen sus caprichos: Sir 16,12-15. Se debe vigilar a los inferiores (Sir 33,25-30) y a los jóvenes, desconfiar de su libertad y educarlos con firmeza: Sir 30,1-13.

87

Para agradar a Dios, el hombre debe ser humilde (Sir 10,6-26), misericordioso (Sir 28,1-7) y debe ser generoso con los pobres (Job 30 y 31; Sir 4,1-10; 29,1-13).

88

¿Cómo premia Dios al justo? Los sabios del Antiguo Testamento no sabían todavía del más allá (Ecl 3,17-22; 8,7-8; Sir 17,27-30). Por eso, sabiendo que Dios es justo, se esforzaban por averiguar la retribución divina en la presente vida. Dios es justo y no deja a los malos sin castigo (Job 18 y 20). Premia a los suyos, si no con dinero y larga vida (Pro 10,22-30; 11,20-21; 13,21-23), a lo menos dándoles paz y seguridad. Puede probarlos (Job 36; Sab 3,1-6), pero al final les devolverá: Sab 3-5; Sir 1,23; 11,21-26. Sin embargo, algunos hacen resaltar las numerosas excepciones a esta retribución: Job 21 y 24; Ecl 7,15-16; 8,11-14 ( ver también en 90-92 ).

89

Sabiduría de Dios y sabiduría del hombre. Los sabios reconocen poco a poco en la Sabiduría de Dios algo que es como distinto de él, aunque uno con él: Pro 8,22 y 30. Por medio de ella Dios creó el universo (Pro 8,22-30; Sir 24,3-4) y ella reluce en él: Sir 43. Ella asegura el desarrollo del plan de salvación: Sab 10 y Sir 24, 9-29. Sabiduría que supera totalmente la mente humana (Job 9 y 28; Ecl 3,10) y solamente se comunica por revelación de Dios (Ba 3,9-29 y 4,1-2; Sir 24,8-12 y 23-25). La sabiduría es alimento salido de la boca de Dios: Dt 8,3; Pro 9,5; Sir 24,3 y 19; Sal 19,11 y 81,17.

9. La Resurrección y el más allá

 

90

Según enseña Jesús (Lc 24,27), toda la Biblia anunciaba la resurrección. Con sólo hablar de una Alianza de Dios vivo con el hombre mortal, daba a entender que debe compartir con él la vida para siempre: Ex 3,6 y Mc 12,26; Sal 16,11; 23,6; 73,25-26.

91

Pero eso no lo veían los creyentes del Antiguo Testamento, que solamente hablaban de una sobrevivencia triste y fantasmática en el Seol, o Lugar de los Muertos: Is 38,18-19; Sal 88,12-13; Sal 115,17-18.

92

La persecución del tiempo de los Macabeos obligó a reflexionar sobre la suerte de los mártires y llegó a ser evidente que no habría justicia de Dios si él no los levantara (los resucitara ) para una vida feliz en su presencia. Como la cultura hebrea no distinguía cuerpo y alma ( ver 83 ), afirmaron que el hombre surgiría del polvo, o volvería a tener vida en el momento del Juicio: Dn 12,2; 2Ma 7

93

Pero en ese mismo tiempo penetró en Israel la cultura griega, la cual consideraba en el hombre algo material, el cuerpo, y el alma (que lo anima), muchas veces distinta del espíritu, que busca la verdad y el bien: 1Tes 5,23. Por eso, el último de los libros del Antiguo Testamento, la Sabiduría, afirma que el alma (o el espíritu) del hombre es inmortal y encuentra a Dios en la muerte: Sab 2 y 3. Esta certeza se encontrará luego en todos los libros del Nuevo Testamento: Mt 10,28; 2Cor 5,1-8.

 

El Nuevo Testamento: La fe de los Apóstoles

10. La persona de Jesús. Jesús y María

 

100

Después de hablar tantas veces mediante los profetas, Dios habló una última vez mediante su Hijo (Heb 1,1) cuando llegó la plenitud de los tiempos (Gál 4,4). Jesús es el Hijo único y eterno (Col 1,13-15), el Verbo que es en Dios y es Dios frente al Padre (Jn 1,1; Ap 19,13).

101

El Hijo de Dios se hizo hombre (Jn 1,14). Jesús, hombre verdadero y no fantasma de hombre, ni Dios vestido de hombre, tomó la condición de esclavo y murió en cruz (Fil 2,6-11; Gál 4,4). Fuera de su Transfiguración (Lc 9,32) no se manifestó en su humanidad la Gloria que le correspondía como Hijo (Jn 1,14 y 17,5), sino que quiso madurar mediante el sufrimiento, como cualquier hombre (Heb 5,7-8). Desde el comienzo Jesús estuvo consciente de quién era (Lc 2,49 y Heb 10,5). Pero no por eso lo sabía todo (com. de Mc 6,2), y descubrió poco a poco las exigencias de su misión (com. de Lc 3,21 y Lc 9,31).

102

Jesús se ubica en nuestra historia. El Evangelio sitúa su nacimiento (Lc 2,1 y Mt 2,1; Jn 7,42); el comienzo de su ministerio público (Lc 3,1-2; 3,22); su muerte en tiempo del gobernador Pilato y el Sumo Sacerdote Caifás (Jn 11,49). Nacido en Belén, se cría en Nazaret (Mt 2,23; Lc 4,16), donde trabaja; no sale para hacerse discípulo de algún maestro (Jn 7,15).

103

Jesús empieza predicando en las sinagogas (Lc 4,15; Mc 1,21) e inaugurando el Reino de Dios (Mc 1,15 y 110-118 ). Llega a reunir muchedumbres (Mt 5,1 y 14,14). Después de un tiempo se produce una crisis (Jn 6,66) y Jesús se dedica a formar a sus discípulos (Mc 9,30) que formarán el núcleo de su Iglesia (Mt 16,16; Lc 22,24-32). Luego, se prepara para su muerte ( 130-138 ), que corona su resurrección ( ver 140-148 ).

104

Jesús hacía milagros, igual que los profetas, pero de otra manera que ellos, como quien tiene autoridad divina (Mc 4,35-38). Habla con autoridad (Mc 2,27; Mt 5,21; 5,28; 5,32). Fácilmente se coloca en el lugar que a Dios le corresponde (Mc 2,1-12; Lc 7,36-50; Mc 8,34-38). Afirma ser una sola cosa con el Padre (Mt 11,26-27; Jn 5,18; 8,58; 10,30; 10,37-38).

105

Jesús se negó habitualmente a que lo llamaran hijo de Dios (Mc 3,11; 5,7) porque este título se daba tradicionalmente a los reyes de Israel (2Sam 7,14; Sal 89,27) y Jesús lo era en forma muy diferente de ellos. Prefiere llamarse Hijo del Hombre (Mt 26,64) refiriéndose a Daniel 7,13 ( ver 65 ). Pero Pedro primero (Mt 16,16), y luego la Iglesia reconoció a Jesús como el Hijo de Dios (He 9,20). Ver 140-145.

106

El Hijo eterno del Padre no llegó del cielo a la humanidad, sino que nació de un pueblo, Israel, y de una mujer (Gál 4,4), María, asociada en forma única al designio eterno del Padre (com. de Lc 1,26). El que debía ser recibido por la «virgen de Israel» (Is 7,14; Sol 3,14; Za 2,14; 9,9), nació de una madre virgen (Mt 1,18; Lc 1,26 y com. de Mc 6,1). La fe y el consentimiento de María permitieron que se realizara en ella la obra del Espíritu Santo (Lc 1,45).

107

María interviene en el Evangelio: para la santificación de Juan Bautista (Lc 1,39), para que Jesús inicie su ministerio (Jn 2; Caná), para recibirnos como hijos adoptivos (Jn 19,25). Se habla de ella en el nacimiento y la infancia de Jesús (Lc 2; Mt 2). Dos textos nos obligan a reconocer que su grandeza no está en haber dado la vida a Jesús según la carne, sino en haber sido el modelo de los creyentes (Mc 3,31; Lc 11,27). La nombran en el primer núcleo de la Iglesia (He 1,14).

108

Estos son los textos bíblicos que nos ayudan a expresar lo que es María para Dios y para la Iglesia: Gén 3,15; Is 7,14; Cant 4,12-16; Pro 8,22-31; Jdt 13,18-20; 16, 9-10; Ap 12.

11. Jesús proclama el Reino de Dios

 

110

Jesús empieza proclamando tiempos nuevos, anunciados por los profetas, tiempos de la gracia de Dios: Mc 1,14; Lc 4,21; Lc 4,19.

111

Jesús proclama el Reino de Dios (o Reino de los Cielos: Mt 5,1 y com. de Mt 6,9). Y sus milagros son signos de que este Reino de Dios ya está entre los hombres (Mt 11,26-27; Lc 17,21), con poder para sanar todos sus males: Mt 9,35.

112

El Reino de Dios significa que Dios ahora se da a conocer como Padre (Mt 6,1; 6,9; 6,18;...) y debe ser reconocido como tal por sus hijos (Mt 11,26-27). Toda la novedad del Reino está en un conocimiento nuevo de Dios (Jn 4,23), conocimiento del Padre (Jn 7,28-29) y del Hijo (Jn 17,3), que nos capacita para entrar en una relación de perfecta comunión con Dios (Jn 1,17; 3,36), aquella misma que anunciaba Oseas (2,21).

113

El Reino de los Cielos es proclamado primeramente a los pobres (Lc 4,18; 6,20; 7,22). Ellos entran primero (Lc 16,9) y tendrán un papel decisivo en la extensión del Reino: Lc 12,32-34; 1Cor 1,26; Stgo 2,5-7. No porque los pobres sean mejores, sino porque la fuerza de Dios se manifiesta mejor en la flaqueza humana (1Sam 17; 1Cor 1,29; 1Ma 3,18; 2Cor 12,9) y le gusta salvar lo que estaba perdido (Is 49,2; Lc 1,25; 19,10). Rebaja a los orgullosos y llega a los humildes: Lc 16,15; 1Sam 2,3-8.

Es significativo que las primeras promesas del Reino sean para un rey fastuoso (2Sam 7,13; 1R 8,24), y las últimas para los pobres de Yavé (So 3,12; Za 9,9; Sal 132,15), creyentes oprimidos (Dn 3,30; 1Ma 2,7), explotados por los ricos y oportunistas (Sal 55; 58; 123,3). Estos acogen mejor el Evangelio (Lc 2,8; 10,21; 4,18).

114

El hecho de que Dios reine no significa que los hombres en adelante lo dejarán actuar: más bien actuarán con más libertad, liberándose de prejuicios (Mc 7,15; He 10,15 y 34) y leyes (Lc 14,3; Col 2,16), preocupados por hacer fructificar sus talentos (Mt 25,14-30).

115

La salvación de los hombres no se hace desde arriba, exterminando a los malos (Mt 13,24; 26,53), sino que es cosa sembrada entre los hombres (Mt 13,1; 13,31), que crece lentamente (Mc 4,26), primeramente en las personas (Mc 4,14; Mt 13,44; Jn 3,3), y luego se hace realidad visible (Mt 5,14; Lc 12,32) que se concreta en la Iglesia (Mt 16,18).

116

Los contemporáneos de Jesús creían que el Reino empezaría después del Juicio de Dios, que separaría a buenos y malos (Is 1,25-28; 4,2-5; So 1,14; Mal 3,1-2; Mt 3, 9-12). Jesús dice que este juicio no es para hoy (Mt 13,32; He 1,7). Sin embargo, desde ya los hombres se juzgan por su actitud frente al Evangelio (Jn 3,18-20; 12,46). Los pueblos también: Lc 10,13; 14,19; Mt 23,37.

117

Jesús se presenta en esto como el Enviado del Padre (Jn 6,29; 10,36) y sus apóstoles descubren la relación única que lo une al Padre (Lc 11,1; Mc 1,35; Lc 6,12; Mc 14,37; Jn 4,31-34; 16,32). Jesús dice: Mi Padre (Mt 7,21; 10,32; 16,17; Mc 25,34) y el Padre de ustedes (Mt 5,16; 10,20). Nunca dice: nuestro Padre.

118

Para los judíos la conversión al Reino de Dios significaba a la vez: reconocer que vivían en un tiempo excepcional (Lc 12,54; Mt 11,21; 12,41), y que debían superar la crisis que los dividía (Lc 12,57; 13,5) aceptando esta nueva visión de Dios Padre y de una primacía de la misericordia (Lc 15) y la reconciliación (Mt 19,23).

119

El pueblo judío, en su gran mayoría, no se convirtió a este llamado (Mt 12,45; Lc 13,34) y facciones fanáticas lo llevaron a la catástrofe anunciada por Jesús (Mt 21,43; 22,7; 23,35-37; Lc 21,23 y 23,28-31).

12. Jesús prepara su Iglesia

 

120

La Iglesia (He 9,31) y las Iglesias (Gál 1,22). La Iglesia de Dios (He 20,28) y las Iglesias de Dios (1Cor 11,16; 1Tes 2,14). La Iglesia es el pueblo espiritual de Dios. Iglesia significa: la Asamblea convocada por Dios, o la Asamblea de los elegidos de Dios. Estos son llamados también santos: las Iglesias de los santos (1Cor 14,33).

121

Para renovar Israel, y luego extender el Reino a las naciones (Mt 10,5; 15,24), Jesús proyecta su Iglesia fundada sobre Pedro (Mt 16,18) y los apóstoles (Mt 10,1). Puesto que Israel en su mayoría no creyó, la Iglesia llevará la luz a las naciones y los convertidos de todas las naciones ocuparán los asientos desocupados al lado de los judíos que entraron con Jesús (Mt 8,10; Jn 10; Mt 21,43; 22,9). En ella el Reino se concretará de alguna manera (ver com. de Mt 13,31).

122

A Jesús lo siguen discípulos que creen en él (Lc 6,17; 19,37). Dentro de ellos escoge a quienes quiere (Mc 3,13; Jn 15,16) para que sean sus apóstoles (Mc 3,16). Ellos serán el núcleo de su Iglesia (Lc 22,28-30). Jesús les pide rupturas (Mc 8,34; Lc 9,57) y fidelidad total a su persona (Mt 10,37; Lc 14,25).

123

Jesús les enseña las bases de la convivencia en la Iglesia. El más grande se hará servidor de los demás (Mc 10,43; Mt 18,6 y 10). Ninguno se hará Padre, Maestro o Doctor, sino que la autoridad respetará la igualdad fundamental de todos y su relación directa a Dios (Mt 23,8). La Ley suprema será el amor (Jn 13,34-35 y 15,12-14). El amor se manifestará primeramente en el perdón (Mt 18,21 y 23) y la preocupación por unir (Jn 17,21). Las decisiones de la Iglesia serán ratificadas por Dios (Mt 16,19 y 18,18).

124

El crecimiento del Reino dentro de un mundo que rechaza la luz es fuente de conflictos y traerá persecuciones a la Iglesia (Lc 12,49-53; Jn 15,18-25; Mc 13,13; Mt 5,11; Ap 12,13-18). La primera crisis histórica será la guerra romana que finalizará con la destrucción de Jerusalén (Mc 13,5-31). Ver com. de Mt 24. Otras crisis seguirán hasta la última que verá la vuelta de Cristo y el Juicio: Mt 16,27; He 3,21; 1Tes 4,16; Mc 13,24-27; 2Tes 2; Ap 19,11-21; 20,7.

13. El Sacrificio de Jesús

 

130

La muerte de Jesús no es un accidente en su vida (Heb 10,5). Desde el comienzo, él se preparó para enfrentarla (Mt 20,28; Jn 11,9; 12,27). La anunció repetidas veces (Mc 8,31; 9,9 9,30; 10,32; Lc 13,31). Se hizo totalmente responsable de ella (Jn 10,28-30; 19,30), sabiendo que esta Hora era la de su triunfo (Jn 7,6-8; 12,31; 17,1-2).

131

El sacrificio de Jesús es como una segunda revelación de la justicia de Dios (Rom 3,25-26), que viene a completar la del Antiguo Testamento. El Dios castigador echaba fuera a los pecadores (Gén 3,22-23); Dios hecho hombre sana a los malos aceptando que lo rechacen (Jn 1,11; Mt 21,37). El Dios libertador demostraba su soberanía (Ex 15; Dn 4 y 5); Jesús escoge el último lugar para salvar (Mt 20,28).

132

Los que fueron víctimas de la sociedad son los que después de muertos tienen mayor poder para inquietarnos. Jesús escoge el último lugar (Fil 2,8) para después llevar al arrepentimiento a la sociedad que lo condenó (Za 12,10; Jn 19,37; Ap 1,7) y, con eso, atrae a todos hacia él (Jn 12,32).

133

Desde los orígenes de la humanidad los hombres ofrecían sacrificios. El holocausto (eso es víctima totalmente quemada) expresaba la total sumisión a Dios: Lev 1,1; 1Sam 15,22; Sal 51,18; Heb 10,6-7. La sangre derramada expiaba los pecados (Lev 5; 17,11; Heb 9,22). Las víctimas que se comían en un banquete de comunión hacían beneficiar a los participantes de la santidad divina (1Cor 10,18). El sacrificio del cordero renovaba la alianza de Dios con los suyos (Ex 12; Sal 50,5).

134

La muerte y resurrección de Jesús constituyen el nuevo y definitivo sacrificio que reemplaza a todos los demás (Heb 7,27; 9,25). Por eso, Jesús es llamado Cordero de Dios (Jn 1,29). Su sacrificio se identifica con la Pascua Nueva (Pascua significa: Paso) que lleva a la existencia santa y definitiva (Lc 12,50; 22,16; Rom 6,4; 1Cor 5,7, com. Mc 15,16).

135

El sacrificio de Jesús le permitió alcanzar su perfección y recibir las dotes que hacen de él el Jefe y la Cabeza de la humanidad (Is 53,11-12; He 2,33; Heb 2,10; 5,7) Ver 203.

136

Su muerte dolorosa con efusión de sangre consigue el perdón de los pecados de toda la humanidad (Is 53,10; Mt 26,28; Rom 3,21; 5,9; 5,19; 8,3), nos reconcilia con Dios (Rom 5,10; 5,20; 2Cor 5,17; Col 1,21), nos rescata (1Pe 1,18), nos da la libertad (Rom 7,4; Ef 1,17), inicia un proceso que lleva a la solución de todas las contradicciones que hay en el universo (Rom 8,19; Ef 2,16; Col 1,20).

137

El sacrificio de Cristo nos manifiesta el amor de Dios, que es tanto generosidad del Padre (Rom 8,3; Jn 3,16; 1Jn 4,10) como obediencia del Hijo (Mc 14,36; Rom 5,6; 1Jn 3,16). En el corazón abierto de Jesús (Jn 19,34) contemplamos el secreto del amor de Dios, que quiso deslumbrarnos con su capacidad de entregarse totalmente para restaurar la confianza en su creatura perdida (Rom 5,8).

138

La muerte y la resurrección de Jesús nos enseñan el sentido de nuestra propia vida: el que sacrifica su vida la lleva al nuevo nacimiento (Lc 17,33; Jn 12,24-26; 16,21; 17,9). Nos indican las exigencias del amor verdadero (Jn 15,13) y del apostolado (2Cor 6,3-10; 12,14) y el valor de nuestras pruebas (Jn 15,2; 2Cor 12,9-10).

14. La Resurrección. Jesús Señor de la Historia

 

140

Jesús ha resucitado, conforme lo había dicho (Mc 9,9-10); conforme a las Escrituras (Lc 24,25-27; 1Cor 15,4; He 2,30). Las manifestaciones de Jesús resucitado en Jerusalén y en Galilea: Mt 28; Mc 16; Lc 24; Jn 20 y 21; 1Cor 15-5-8.

La Resurrección tiene dos sentidos: Jesús ha vuelto a la vida (Lc 24,5; He 2,24) y Jesús ha sido glorificado, o exaltado (Jn 17,1; He 2,33; 3,13). La última manifestación de Jesús (o Ascensión) expresa este segundo aspecto de la resurrección (Mt 28,17-20; Lc 24,50; He 1,9).

141

Al resucitar Jesús, su humanidad acabó de ser transformada por las energías divinas, recibiendo en plenitud la vida que el Padre comunica a su Hijo (Jn 1,14; 17,1; He 2,32; Rom 1,3). Jesús ahora es reconocido como Hijo de Dios. Siendo el Hijo resplandor del Padre (Heb 1,1), Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, es en este universo creado, la manifestación del Dios Invisible (Jn 14,9; Col 1,15). En él se cumplen las promesas del Antiguo Testamento (Mt 12,41-42; 23,35-36; Jn 8,56; Ap 5. El es, ahora en cuanto hombre, la cabeza de toda la creación (Col 1,18), superior a toda criatura, material o espiritual (Heb 1,4-14).

142

Jesús ha salido de Dios (Jn 13,3; 16,27; 17,8) y vuelve al Padre por su muerte y resurrección (Jn 16,28) para que llegue a su perfección la relación filial que lo une al Padre (He 2,33; Rom 1,4). Para expresar su fe en Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, un solo Dios con el Padre, la Iglesia lo llama Señor. De los dos nombres que designaban a Dios, Dios y Señor, reservó el primero para el Padre, y el segundo para Cristo (ver Rom 10,9; Fil 1,11; com. de Jn 11,2; 13,2; 20,2).

143

Jesús reemplaza la figura del Dios-Soltero por la del Dios-Comunión. Comunión entre el Padre y el Hijo (Jn 1,1; 1,18; com. de Jn 5,19; Mt 11,26; Jn 13,32; 17). Comunión en el Espíritu Santo (Jn 14,16; 15,26).

144

La Iglesia de los Apóstoles bautiza en el nombre único del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19) y reconoce un solo Dios con tres Personas divinas, al que llamamos Santísima Trinidad: 1Cor 6,11; 12,4; 2Cor 13,14; Ap 1.

145

Jesús resucitado es ahora Señor de la Historia: es decir que domina y dirige las fuerzas materiales y espirituales, visibles e invisibles que plasman nuestra historia: Jn 12,31; Ap 1,18; 6; Col 1,18; 2,10; y com. de Mc 16,9. Pablo muestra a Cristo superior a las Fuerzas celestiales que, en aquel tiempo, eran consideradas dueñas del destino y de la historia de los hombres (Ef 1,10; 1,29; Col 11,6). Este dominio de Cristo significa que la humanidad ha llegado a su mayoría de edad (Gál 4,3-5).

146

En adelante la salvación se hace por el Nombre de Jesús, o sea, por el poder divino (Fil 2,9-10) que irradia de su persona (He 4,30; 1Jn 2,12; com. de Mc 16,17). Toda obra salvadora proviene al mismo tiempo de Cristo y del Espíritu (1Cor 12,4-6; 2Cor 3,16-17) y es atribuida a Cristo Señor o a su Espíritu (Jn 6,35-36; 7,38-39; Mc 9,38; Lc 11,20; Ef 4,7; 1Cor 12,7).

15. La Nueva Creación, el don del Espíritu, el Misterio de la Reconciliación

 

150

Jesús no vino solamente para reparar los pecados de los hombres, sino para rehacer nueva la creación (Jn 5,20). Esta nueva creación se realiza mediante el don del Espíritu Santo (1Cor 15,45). Esta obra significa antes que nada una resurrección de las personas y una reconciliación universal (Jn 5,21).

151

La violación del sábado por Jesús (Mc 2,28 y Jn 5,29) y el reemplazo del sábado por el domingo (ver com. de He 20,7) significa una voluntad de reordenar la primera creación en seis días (Jn 5,17 y com. de Gén 2,3; Ap 3,14). Cumpliendo lo anunciado por los profetas (Is 25,6-10; 32,15-20; 65,17-19; Ez 37; 47,1-12). La muerte de Jesús expresa la muerte de todo lo anterior a él (2Cor 5,14; Gál 2,19). Se perdonan los pecados (Rom 6,10; Heb 9,28). Las leyes y el culto del Antiguo Testamento son como transfiguradas en Jesucristo (Rom 7,4; Gál 4,5; 5,4; Col 2,16).

Se niegan todas las distinciones de sexo, de clase y de nación (Gál 3,28; 6,15; 1Cor 12,13; Col 3,11). Somos criaturas nuevas (2Cor 5,17; Gál 6,15; Col 1,15; Ef 2,10; 2,15), que tienden a una perfecta semejanza con Dios Padre (Ef 4,24; Col 3,10). Esta nueva creación debe abarcar todo el universo: Rom 8,18-25.

152

En forma especial, la nueva creación significa una abolición de las leyes del Antiguo Testamento. Estas no eran más que la sombra de las realidades definitivas (Col 2,17; Heb 8,5; 10,1; Mt 11,13) que empiezan con Cristo. Contar con la circuncisión (Gál 5,2; 6,12) o con las otras prácticas de la Ley (Col 2,16; Rom 14,14-20) es volver atrás y renegar de la gracia de Dios (Col 2,20; Gál 2,18). El que quiere ser justo con prácticas y méritos (Lc 18,9; Fil 3,7-9) pierde la justicia y santidad verdaderas, don de Dios en Cristo: Col 2,11; Fil 3,9.

153

La nueva creación se realiza mediante el don del Espíritu Santo que da vida (Sal 104,30; Jn 6,63; Rom 8,2). La glorificación de Jesús debía preceder el don del Espíritu (Jn 7,37-39; He 2,32-33; Jn 16,7). El Espíritu nos hace libres (Gál 4,7; 5,13-18). Nos comunica el perdón de los pecados (Jn 20,22; 1Cor 6,11). Nos hace hijos (Rom 8,14-17). Nos da el conocimiento de los designios misteriosos de Dios (1Cor 2,10-12; 1Jn 2,20). Las comunicaciones del Espíritu en la Iglesia son primicias (Rom 8,23) y garantía (Ef 1,14; 2Cor 1,22; 5,5) de nuestra total transformación por él en el mundo venidero (1Jn 3,2-3; Rom 8,18).

154

La nueva creación no conoce la muerte, consecuencia del pecado (Rom 5,12; Ap 20,15; 21). Es cierto que una parte de nosotros llamada hombre exterior (2Cor 4,16) u hombre viejo (Rom 6,6; Ef 4,22; Col 3,9) o carne (2Cor 4,11; Gál 6,8; Rom 8,3) sigue caminando hacia la muerte (Rom 8,10; 2Cor 5,16; 13,4; 1P 3,18). Pero el hombre interior (Rom 7,22; Ef 3,16) es vida por participar del Espíritu (Rom 8,10-11).

155

Jesús resucitado es el que nos comunica las fuerzas de resurrección (Jn 5,25; Col 2,12; 3,1; Rom 5,21; 6,6; 8,4) y el que nos resucitará (Jn 5,28; 6,39-58; 11,25; Rom 8,10-11; Fil 3,20).

Ahora bien, da a conocer el Misterio (Ef 3,3; Ap 10,7), o sea, el plan asombroso que guardaba secreto (Ef 3,9; Rom 16,25; Col 1,26). Toda su obra de creación, de salvación y de santificación tenía por fin la alabanza de su gracia y generosidad (Ef 1,6; 1,12). Todo lo tenía depositado en su Hijo Amado (Ef 1,1-6) y por él lo reciben todos los hombres. Todos los pueblos son llamados a ser un solo cuerpo en él (Ef 1,22; 3,5-6) y por él entran a compartir la misma Gloria de Dios (Col 1,27; Ef 2,6). Este plan empezaba con la salvación de Israel (Rom 11,25) y se extiende al universo entero (Col 1,27).

156

Este Misterio exige una reconciliación universal en un universo dividido por la naturaleza, los prejuicios y el pecado (Ef 2,14-16; ver 151: distinciones). El ministerio de los apóstoles es de proclamar y extender esta reconciliación (2Cor 5,20-21; Rom 15,16) ya anunciada por Jesús (Lc 4,19); el culto propio del Nuevo Testamento consiste en llevar a cabo esta reconciliación (Rom 15,16).

157

En esta obra Jesús aparece como el Mediador único entre Dios y los hombres (1Tim 2,5; Heb 9,15; 12,24), siendo el que intercede por ellos (Heb 2,17-18; 4,15-16) y les consigue los bienes propios de la Nueva Alianza (He 13,34; Heb 9,11; 10,20).

16. La Salvación por la fe

 

160

Entramos a la nueva creación por don de Dios (Mt 11,27; Jn 6,43; Ef 2,8). Este paso decisivo (Col 1,12-13), esta salvación nuestra (1P 1,9-10), no es el premio de nuestros méritos y obras buenas (Rom 4; Fil 3,4-6), sino que se da mediante la fe (Rom 3,21; Fil 3,9).

161

Según Juan, creer es reconocer al Enviado de Dios (Jn 5,38; 6,29). Es reconocer que Dios nos ama primero y nos perdona (1Jn 4,10; Jn 2,16). Es aceptar que Dios nos transforme y nos divinice (Jn 12,42-45). Es reconocer que Jesús es el Cristo (1Jn 2,22-29; 5-1); o sea, el Hijo Unico que ha salido de Dios y vuelve a Dios (Jn 6,62).

162

Según Pedro y Pablo, creer es reconocer el amor de Dios, que entregó a su Hijo por los pecadores (Rom 5,24-25; Gál 3,1). Es confesar que Dios lo ha resucitado de entre los muertos (Rom 4,23; 10,9) y lo hizo Señor (He 2,36; 1Cor 12,3; Fil 2-11). Es reconocer que todas las promesas de Dios se han cumplido en él (2Cor 1,20).

163

La fe que salva se apoya en el testimonio de las Escrituras (He 17,3; 18,28; Rom 16,26; 2P 1,19), pero también es descubrimiento de una palabra que Dios nos dice hoy (Heb 1,1 y com. de Mc 11,29). Los contemporáneos de Jesús tuvieron que reconocer a este Enviado mediante signos que él mostraba (Jn 6,26; 10,32; 15,24). Luego, se apoyaron en el testimonio y los signos que presentaban los apóstoles (Mc 16,17; He 8,7; 1Tes 1,5). La fe nunca se limita a aceptar creencias, sino que renoce el designio de Dios (Mt 11,16-24; Lc 7,30) a través de los acontecimientos actuales (Lc 12,56; 19,44) y las voces proféticas de la Iglesia (Ef 3,5; 1Tes 5,19).

164

La fe nos lleva a incorporarnos al pueblo de Dios (Ef 2,19-22) mediante el bautismo (Mt 28,19; Mc 16,16; Col 2,11-13).

165

La fe nos consigue un estado de santidad llamado por la Biblia justicia o justificación (ver com. de Rom 1,16; capítulos 4-8 de Romanos; 1Jn 2,1-6). Nos hace gratos a Dios, reconciliados con él (Rom 5,1-2) y llevamos la semejanza divina (Rom 8,28; Col 3,10; Ef 4,24). La fe nos introduce al Reino de su Hijo (Col 1,13), en el cual recibimos una primera comunicación del Espíritu (Ef 1,13; 2Cor 1,22) ( ver también 153-154 ).

17. La Iglesia de Dios

 

170

Jesús prepara su Iglesia: ver 120-124.

171

La Iglesia no procede de una voluntad humana, sino de un designio eterno de Dios, y en ella se concreta el Misterio, o sea (Ef 3,5) el plan salvador de Dios que reúne a todos los hombres bajo una sola cabeza, Cristo (Ef 1,5-12; 1,22). Por eso, la Iglesia es santa, porque su destino depende más de los designios del Padre que de la iniciativa de los hombres.

172

Cristo, al dar los pasos que llevan a su fundación, no actúa por su sola iniciativa, sino que se deja guiar por las indicaciones del Padre (Jn 1,35-51; Mt 16,18; Lc 6,12; He 1,7; Jn 17,6; 17,9-12). Las Iglesias de Cristo (Filem 16). La Iglesia está sometida a Cristo, que la amó y se entregó por ella (Ef 5,24-25; Jn 17,19). La Iglesia de Dios que él se adquirió por su propia sangre: He 20,28. La Iglesia es su esposa (Jn 3,29; Ef 5,27; Mt 22,2; 2Cor 11,1; Ap 21,2) y el cuerpo (Col 1,24; 1Cor 12,12) del que es cabeza.

173

La Iglesia nace el día de Pentecostés (He 2) a consecuencia de la efusión del Espíritu prometido (ver 150 ).

174

La proclamación por los apóstoles de la fe en Jesús resucitado acompaña la efusión del Espíritu (Jn 15,26-27; He 1,7-8) para constituir la Iglesia (He 2,14-39; 1Tes 1,5). La integran todos aquellos que escuchan el llamado a la conversión y creen que recibirán el perdón de sus pecados (He 2,38) y el don del Espíritu (He 2,39) mediante la fe en el poder salvador de Jesús y el bautismo ( ver 181 ).

175

La Iglesia está fundada sobre Pedro y los apóstoles (Mt 16,18; 10,1). La fe de la Iglesia se conforma a la de los apóstoles (1Cor 15,11; 2Pe 1,16-21). Pertenecen a la Iglesia quienes aceptan el testimonio de los apóstoles y de sus sucesores (Jn 17,20; 20,21) y son reconocidos por ellos (1Cor 14,38; 2Cor 10,6; 13,10). Estamos en comunión con Dios estando en comunión con ellos (1Jn 1,3). Cristo está con ellos (Mt 28,20) para que sus decisiones no puedan oponerse al plan divino (Mt 16,19; 18,18; Lc 10,16), a pesar de que es patente que ellos fallan de mil maneras (Gál 2,11; He 15,37; 21,20). La Iglesia será para la eternidad lo que la hicieron los apóstoles (Lc 22,30; Ap 21,14).

176

La Iglesia es una comunión (He 2,4; Heb 13,16). La comunión que existe entre los bautizados y las Personas divinas (2Cor 13,13; 1Cor 1,9; 10,16) origina una comunión entre ellos mismos (1Jn 1,7). Comunión tanto en lo espiritual (He 2,42; Fil 1,5; 2,1) como en lo material (Rom 15,27; Gál 6,6).

177

La Iglesia es la presencia en nuestro mundo de la Verdad divina (1Tim 3,15). Es la manifestación del amor de Dios (1Cor 1,26; 2Cor 4,7) y, a pesar de la debilidad de sus miembros, es un signo de la presencia salvadora de Dios (2Cor 4) y él le da su fuerza (Ap 2,8; 3,8).

18. Los sacramentos de la Iglesia

 

180

La Iglesia es una comunión de creyentes en la cual Dios se hace presente (ver com. de Mt 16,18), y por eso decimos que es sacramento de Dios (ver com. de Mt 18,11). Varios ritos de la Iglesia, que llamamos sacramentos, nos vienen de Cristo y sus apóstoles; expresan y hacen presente la acción salvadora de Dios.

181

El Bautismo con el agua y el Espíritu Santo (Jn 3,5), con el Espíritu y el fuego (Mt 3,11), con el agua junto con la palabra (Ef 5,26), en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19), en el nombre del Señor Jesús (He 2,38; 8,16). El bautismo para los muertos (1Cor 15,29). El bautismo y los bautismos (Heb 6,2 y com. Lc 3,7).

182

Se bautiza al que cree (Mc 16,16) para que reciba el perdón de los pecados (He 2,38; 22,16). El bautismo significa la muerte a un pasado de pecado (Rom 6,3-9) y la entrada a una vida resucitada (Rom 6,4; Col 2,11-12). Es una purificación interior (1Pe 1,22) por la sangre de Cristo (1Pe 1,2). Es un nacer de nuevo, de arriba (Jn 3,8), un nacer del Espíritu (Jn 3,6; Col 2,12). El único bautismo de la única fe nos reúne en un solo cuerpo (1Cor 12,13). El bautismo nos introduce a la vida «en Cristo», la vida cristiana (Fil 4,1...) Ver 200.

183

La imposición de las manos para confirmar el bautismo y recibir los dones del Espíritu (He 8,14; 19,6), rito que no puede conferir cualquier ministro (He 8,14-17). Ver también Heb 6,2.

184

El poder de perdonar los pecados: ver com. de Stgo 5,16. El bautizado debe temer el decaimiento de la fe y la pérdida de la esperanza, con los cuales ya no hay deseo ni posibilidad de recibir otra vez el perdón de los pecados (Lc 13,7-9; Heb 6,4-8; 12-15). Este es el pecado que lleva a la muerte (1Jn 5,16). La Iglesia puede excluir al pecador si no se enmienda (Mt 18,17; 1Cor 5,11-13). Puede pedir a Dios que lo lleve a escarmiento con castigos en su cuerpo (1Cor 5,4-5; Ap 2,22).

185

La unción de los enfermos practicada por los misioneros de Jesús (Lc 10,1) y encargada a los presbíteros de la Iglesia (Stgo 5,14).

186

La imposición de las manos para consagrar a los ministros de la Iglesia (1Tim 4,14; 5,22; 2Tim 1,6).

187

El matrimonio de los cristianos tiene exigencias propias (1Cor 7,10-12 y com. de 1Cor 11,2 y de 1Pe 3,1) y tiene valor de sacramento, por ser una figura y presencia de la unión de Cristo con la Iglesia (Ef 5,22-23).

188

La Eucaristía, o Cena del Señor (1Cor 11,20), o fracción del pan (He 2,42; 20,7; 1Cor 10,16). Ver comentarios de la promesa de la Eucaristía (Jn 6,22-58), de su institución (Mc 14,12; 1Cor 11,23).

189

Algunos textos del Antiguo Testamento figuran de antemano y aclaran el sentido de los sacramentos. En forma más especial: el bautismo (Gén 6-7; Ex 14-15; Jos 3; 2R 5; Is 12,1; 55,1; Za 13,1; Ez 36,25; Ez 47,1), la eucaristía (Ex 12; 16; 1R 19,5; Gén 14,14; Mal 1,11), el matrimonio (Gén 1,26; 2,18; Tob 8,4-7; Cantar).

19. El Espíritu en la Iglesia. Carismas y Ministerios

 

190

El Espíritu Santo ( ver 143-144 ) que procede del Padre (Jn 14,16; 15,26; 16,15) y es enviado por el Hijo (Jn 14,16; 15,26; 16,7), Espíritu de Dios (1Cor 2,11; 7,40; 1Jn 4,2) y Espíritu de Jesús (He 8,39; 13,16; 2Cor 3,17; Gál 4,6; Ap 3,1).

191

A consecuencia de la glorificación de Jesús, el Espíritu es comunicado a los creyentes (Jn 7,39. Ver 153 y He 9,17; 19,2; Rom 5,5; Gál 3,2; Ef 1,3; 1Jn 3,24). Lo reciben al entrar a la Iglesia, mediante el rito de la imposición de las manos (He 8,15; 19,6) que acompaña normalmente el bautismo (He 2,38; Ti 3,5; Jn 3,5). Pero Dios puede hacer excepciones y no está atado a los sacramentos (He 10,45).

192

Après la glorification de Jésus, l'Esprit est communiqué aux croyants de façon visible : Jn 7,39. ver 153 et Ac 9,17 ; 19,6 ; Rm 5,5 ; Ga 3,2 ; Ep 1,3 ; 1Jn 3,24. On le reçoit dans l'Église par l'imposition des mains (Ac 8,15 ; 19,6) qui accompagne normalement le baptême (Ac 2,38 ; Tt 3,5 ; Jn 3,5). Dieu ce­pendant n'est pas lié par les sacrements (Ac 10,45).

193

El Espíritu se comunica a cada cual según la medida del don de Cristo (Rom 12,3; Ef 4,7; Heb 2,4) y manifiesta su presencia con dones diversos (1Cor 12,3; 12,7-11; Gál 3,5; Fil 1,19). Estos dones del Espíritu hacen de nosotros miembros de un mismo cuerpo diversificado (Rom 12,5-8) y organizado (Ef 4,16).

194

Los dones espirituales (se usa a menudo la palabra carisma, que significa don: 1Cor 1,7; 7,7; 12,31; 1Pe 4,10) son para bien de la comunidad (1Cor 14,1-6; 14-19; 14,32). Por eso, merecen ser llamados también servicios (o ministerios), y obras (Rom 12,7; 1Cor 12,5). Aun sabiendo que los dones y ministerios valen por cuanto fomentan el amor verdadero y la comunión (1Cor 12,31; Ef 4,3), los ministerios más importantes son los ministerios apostólicos: fundadores y responsables de Iglesias (1Cor 12,28; Ef 4,11).

195

En cuanto a los ministerios de gobierno, ver com. de He 14,21. Se nombran los apóstoles, no solamente los Doce, sino algunos más (1Cor 1,1; 9,1-6). Los profetas (1Cor 12,28; Ef 2,20; 3,5; 4,20; Ap 11,10; 16,6; 18,20). Muy posiblemente Apolo era profeta, y también Timoteo y Tito (ver com. de He 11,19; 13,1; 15,32; 1Tes 5,19; Heb 7,1; 1Tim 4,14; 2Tim 1,6). Los obispos (o sea, inspectores), elementos activos de los consejos de presbíteros (He 20,28; Fil 1,1; 1Tim 3,1; Tit 1,7). Los presbíteros (esto es, ancianos): He 11,30; 14,23; 15,2-23; 21,18; 1Tim 5,19; Tit 1,5; Stgo 5,14; 1Pe 5,1. Los diáconos: Fil 1,1; 1Tim 3,1 y com. de He 6.

196

Los dones espirituales, por diversos que sean, vienen de Cristo, cabeza única, y deben ordenarse con miras a la unidad del cuerpo que va creciendo: Jn 17,21; Ef 2,18; 2,22; 4,3; 4,12-13.

20. El Espíritu y la Espiritualidad cristiana

 

200

La vida cristiana era llamada antiguamente el camino (He 9,2; 19,9; 16,17; 18,25; 2Pe 2,2) y no se apoya en mandamientos especiales (He 15,18). A tal punto que Pablo relaciona las exigencias de la moral sexual con la fe en Cristo y no con alguna ley (1Cor 6,1; 1Tes 4,2). Los cristianos de formación judía hablaron a veces como si Jesús hubiera confirmado la Ley del Antiguo Testamento (Stgo 1,25; 2,12; 4,11). Pero habitualmente entendieron que la nueva Ley proclamada por Jesús (com. de Mt 5,17) reemplazaba a la Ley del Antiguo Testamento (Mt 5,22; 5,28...). En adelante una sola frase expresará la Ley: Amarás... (Mt 22,40; Gál 5,14).

201

Pero también se nos dice que Cristo nos liberó de toda ley humana (y no solamente de la Ley judía): Rom 7,4; Gál 4,5; Ef 2,15. Comprendamos, pues, que al hablar de Ley de Cristo, se le da otro sentido a la palabra ley (Rom 2,27; 8,2). No valorizamos demasiado el esfuerzo del hombre por cumplir la ley (Mc 10,21; 10,27; Gál 2,16; 3,5), sino que debemos invitarlo a que se deje guiar por el Espíritu (Lc 10,33; Rom 8,14; Gál 5,16) que sólo transforma el corazón (Ez 36,25; Rom 2,29) y hace posible el cumplimiento de la ley (Rom 8,4).

202

La entrada a la Iglesia ( ver 192 ) (ver 192) hace de nosotros criaturas nuevas (2Cor 5,17; Gál 6,15; Ef 4,24). Recreados en el Hijo (Ef 2,10), hijos del Padre (Rom 8,15; Jn 1,13), ya en la presente vida se nos comunica el Espíritu (Rom 12,11; Gál 4,6) como un anticipo de lo que será la vida definitiva y santa en el cielo (Rom 8,11; 8,23; Ef 1,14). En adelante, estamos en comunión con las Tres Personas divinas (Jn 14-17; 1Jn 1,3; 3,21-24; 4,15).

203

La vida cristiana supone la cooperación constante del hombre con Dios, que actúa en él mediante el Espíritu. Hemos muerto al pecado (Rom 6,11) y debemos hacer morir las obras de la «carne» (Rom 8,13). Hemos sido renovados y debemos andar por caminos nuevos (Rom 7,6). Hemos sido hechos justos y santos (Rom 6,2; 1Cor 6,11) y debemos andar como santos (Rom 6,13; 6,19; Gál 5,25). Fuimos liberados (Rom 6,14; 8,2) y debemos liberarnos (1Cor 7,15; 7,23). Se nos dio el amor de Dios (Rom 5,5; Jn 17,26) y debemos perseverar y progresar en el amor (Jn 15,9; 1Cor 16,14; Fil 1,9; 1Tes 3,12).

204

La vida nueva del cristiano se va vigorizando con la participación en la eucaristía (Jn 6,48-58), con las obras buenas (Stgo 2,14-28; 1Jn 3,18; 2Tes 1,11; Tit 2,14; 3,8; Heb 10,24; 2Pe 1,10), con la oración ( ver 230 ). Es fuente de alegría (Jn 16,24; He 13,52; Rom 14,17; 2Cor 7,4; Gál 5,22; 1Tes 1,6; 1Pe 1,8), de libertad (Jn 8,32; 8,36; 2Cor 3,17; Gál 5,1; 2Tim 1,7; 1Pe 2,16), de paz (2Cor 13,4; Gál 5,22; Ef 6,23) y de acción de gracias (Rom 14,6; Ef 5,20; Col 3,17; 1Tes 5,18). Obra, con la perseverancia (Lc 8,15; 21,19; Rom 2,7; 5,3; Col 1,11; Heb 10,36; Stgo 1,4), una transformación de todo el ser (Rom 12,2; 1Tes 5,23) haciéndolo capaz de tratar con Dios como hijo (Rom 8,15-17; 1Jn 4,17-18) y de ser piedra viva del edificio espiritual (Ef 2,22; 1Pe 2,5).

205

La vida cristiana se manifiesta antes que nada por tres fuerzas que solemos llamar virtudes teológicas, o sea, procedentes de Dios y orientadas hacia él, que son la fe, la esperanza y el amor: 1Cor 13,13; Gál 5,5-6; Ef 1,15-16; Col 1,4-5; 1Tes 1,3; 5,8.

21. La Fe y la Esperanza

 

210

La fe designa:
1) el acto de fe que, en la conversión, nos consigue la santidad o justicia propia del cristiano ( ver 160 - 165 ).
2) El don de fe, que consigue los milagros: 1Cor 13,2; Stgo 1,5; Mc 11,20-24 y com.;
3) La primera de las virtudes teológicas ( ver 205 y 211 ), nacida del primer acto de fe.

211

La fe del cristiano sigue siendo sumisión a la Palabra de Dios (Jn 12,44-46; Rom 10,14; 2Tim 3,15; 4,3), recibida de los profetas y de Cristo mediante el testimonio de los apóstoles ( ver 163 ). Acepta sin añadir ni recortar (Dt 4,2; Ap 22,18) toda la doctrina de fe (Ti 1,13; 3,10-11) que guarda la Iglesia como Tradición de los apóstoles: 1Tim 4,6; 2Tim 2,8; 3,14.

212

El cristiano tiene la misma actitud de fe de los creyentes del Antiguo Testamento (Rom 4,23-25; Heb 11). Pero ahora nos han llegado las palabras definitivas (Heb 1,1-2; Jn 3,31; 4,26) en la persona del que es La Palabra de Dios (Jn 1,1; 1,18; Heb 2,2-3) ( ver 152 ). En la persona de Jesús, Dios nos habla sin parábolas ni figuras (Jn 16,25-29).

213

La fe actúa mediante el amor (Gál 5,6) y se demuestra con las obras del amor (Stgo 2,14; 1Cor 13,13). La fe debe crecer (2Cor 10,15; 2P 3,18) junto con el conocimiento de Dios. Junto con el amor, la fe es actitud propia del que vive en la luz (Rom 13,12; Ef 5,8; Col 1,12; 1Jn 1,7; 2,9) y es una luz para el mundo (1Tes 5,5).

214

La esperanza nace de la fe en las promesas de Dios (Ef 3,5-10; Heb 3,14; 6,11-20; 1P 5,9). Esperamos lo que no vemos (Rom 8,4; Heb 11,1) y que ni siquiera nos habríamos atrevido a pensar (1Cor 2,9; 2P 1,4). Creemos que Dios es fiel ( ver 40 - 44 ). Confiamos en Dios, que puede mantenernos en la fe y el amor (Fil 2,12; 1Tes 5,23; 2Tes 3,3; 1Cor 1,8). La esperanza significa perseverancia y constancia en las pruebas ( ver 204 y 2l7 ).

215

Israel esperaba de Dios prosperidad en su Tierra ( ver 42 ) y Reino de justicia ( ver 56 y 62 ). Al proclamar el Reino, Jesús recuerda que nuestra esperanza es algo colectivo (Mt 22; Lc 22,28-30; Mt 25,31-40), pero destaca el aspecto personal de la salvación (Mt 10,28; 10,32), desarrollando la fe en la Resurrección ( ver 92 - 93 ).

Esperamos compartir la Gloria de Dios. Seremos semejantes a Dios, porque lo veremos (1Jn 3,2). Resucitaremos juntos (1Cor 15,23) para ver a Dios (1Cor 13,12) y formar un solo cuerpo en Cristo (Ef 2,16-22). En Dios solo encontraremos nuestra felicidad (Mt 25,21; Ap 21,6), y la humanidad, su fin (1Cor 15,28; Ap 22,1-5). Esta es nuestra herencia (Lc 18,18; 1P 1,4).

216

El Reino de Dios ya está presente en el hombre que vive en la gracia de Dios. Por eso, todos los acontecimientos de su vida y sus mismas necesidades materiales tienen algo que ver con este Reino de Dios y con su propio progreso en la vida cristiana. Por tanto, siendo hijo de Dios, espera del Padre el pan de cada día (Mt 6,11) y pide tanto por sus necesidades (Fil 4,6) como por las del mundo (Lc 18,1), sabiendo que Dios le proporcionará lo necesario para que, a su vez, pueda dar a otros (2Cor 9,9).

217

La espera de la venida de Cristo está en el centro de la esperanza cristiana (He 1,11). Venida, llamada «parusía», o sea, visita (Mt 24,27; 1Cor 15,23; 1Tes 3,13; 1Jn 2,28; Ap 3,10) o manifestación (1Tim 6,14; 2Tim 1,10; Tit 2,13). Esta venida parecía muy cercana a los primeros cristianos (1Tes 4,13; Heb 10,25-37; 1Pe 4,7; Stgo 5,8). Esta espera significa una actitud de vigilancia (Lc 12,32-48; Mt 25,1): estar despiertos para no hundirse en los proyectos y las codicias de este mundo (Lc 21,34; ver com. de Mc 13,33). Nos lleva a ser constantes y perseverantes en las pruebas (Fil 3,10; Rom 8,17 ( ver 184 ) y las persecuciones (Heb 12,2; 2Tes 3,5; Lc 21,19; Mt 10,22; Ap 2,10; 3,21; 1Pe 3,14). Trae la alegría aun en el sufrimiento (1Pe 4,18; Mt 5,11). Nos hace sobrios (1Tes 5,8) y desprendidos (1Cor 7,29; Tit 2,12; 1Pe 1,13).

22. El amor

 

220

El amor es fuerza que viene de Dios. En Dios el amor se identifica con la comunión entre sí de las Tres Personas divinas ( ver 143 ). Dios se había dado a conocer a Moisés como El que existe y como Misericordioso ( ver 32 y 39 ). Pero, después de conocer a Cristo, Juan dice: Dios es amor (1Jn 4,8).

221

En el Antiguo Testamento se manifestó el amor de Dios mientras él se iba comunicando con los hombres. Israel, al mirar cómo Dios lo eligió, lo guió (Sal 89; 105; 106; 107; Is 63,7), lo perdona (Ex 32,11-14) y lo rescata (Is 40; 41), entiende el amor celoso de Dios por su pueblo (Is 5; 54,6-8). Los profetas, al tomar conciencia de la relación cada vez más estrecha que se establece entre Dios y ellos, comprenden el amor fuerte (Ez 3,8; Mi 2,8), tierno (1R 19) y exigente (Jer 15,10; 20,7) de Dios con sus amigos.

222

El amor a Dios es el primer mandamiento para Israel (Deut 6,1; 30) y seguirá siéndolo para los cristianos (Mc 12,28).

223

Al venir Jesús, trata de descubrirnos algo del amor único que el Padre tiene a su Hijo (Jn 3,35; 5,20; 17,24; ver 117 ). El, a su vez, corresponde al amor del Padre con una entrega total (Mc 1,35; Mt 11,25) y una conformidad perfecta a la voluntad del Padre (Heb 10,5; Jn 4,34; 6,38). Este amor divino, que brota de su corazón, lo demuestra a sus amigos (Jn 11; Jn 13,1; 15,9-17; 18,8), a los marginados (Mc 1,40), a los pecadores (Lc 7,36; 19,1), a sus mismos enemigos (Lc 23,33), a todos (Mt 11,28; He 10,38). Y trata de que también ellos entiendan el amor que les tiene el Padre Dios ( ver 137 ). Nosotros amamos a Jesús guardando su Palabra (Jn 14,15-23) y renunciando a todo para seguirlo (Mc 10,17-21; Lc 14,25).

224

En su Pasión y su muerte, Jesús llega a la cumbre del amor. Amor al Padre, obedeciéndolo hasta la muerte de la cruz (Mt 26,39; 27,46; Heb 4,15), mientras Dios calla; atenciones y perdón a los hombres (Lc 23,28; Jn 19,26; Lc 23,34-43). Jesús da todo a todos (Mc 10,45; 14,24; 2Cor 5,14).

225

El amor al prójimo se nombra en algunos textos del Antiguo Testamento (Lev 19,18; Deut 10,8). Pero en muchísimos lugares de la Ley (Ex 20,12-17) y de los profetas (Am 1-2; Is 1,14-17; 10,2; 65,13; Jer 9,2-5; Ez 18,5-9; Ml 3,5) se afirma que no podemos agradar a Dios sin respetar al prójimo, hacerle justicia, liberarlo de toda opresión (Is 58) y promover a los más humildes (Ex 22,20-26; 23,4-12; Jer 9,4; 22,15; Pro 14,21; Eclo 4; 25,1; Sab 2,10).

226

Jesús relaciona estrechamente los dos mandamientos principales (Mc 12,28-33). El amor al prójimo es la base de la moral cristiana ( ver 201 y 203 ) en la medida en que trata de imitar el amor del Padre perfecto y misericordioso (Mt 5,48; Lc 6,36; Ef 5,1; 1Jn 4,11) y es una respuesta al amor con que Dios nos amó primero (1Jn 3,16; 4,10-19). El amor es fuerza que nos comunicó el Espíritu Santo (Rom 5,5) y se alimenta con la contemplación del amor sin límite de Cristo (Ef 3,18; 2Cor 5,14).

227

En vísperas de su Pasión, Jesús presenta el amor entre hermanos como su mandamiento nuevo: Jn 13,12-15; 13,34-35; 15,9-13; 1Jn 2,6-8.

228

El amor cristiano es don sin límite, llevándonos a hacernos esclavos unos de otros (Gál 5,13). Va a todos sin respetar las barreras sociales (Mc 2,13; Lc 10,29; 14,13; Gál 3,28). Se demuestra con el perdón (Mt 5,43, comentario y referencias; Mt 18,21) y no se niega a los enemigos. Inspira un esfuerzo por comprender al otro, respetar sus ideas (Rom 12,15-18; 14,1-10), soportar sus limitaciones (1Cor 13). El amor, que acepta dar y recibir, construye la Iglesia (1Cor 8,1; Ef 4,16) ( ver 196 ) y nos lleva a la perfección (Fil 1,9).

23. La oración

 

230

En toda la Biblia la oración es inseparable de la acción. Los modelos de la oración son aquellos que encabezan el pueblo de Dios. Intercesión de Moisés por Israel (Ex 17,8; 32,11; 32,20; 33,12; Núm 11,11; 14,13). Moisés da la pauta de la intercesión: recuerda a Dios su fidelidad; su propio honor lo obliga a no abandonar a Israel, sino más bien a perdonarlo. Oración de David (2Sam 7,18), de Salomón (1R 8,22-60), de Ezequías (2R 19,15), de Judas Macabeo (1M 5,33; 11,71; 2M 8,29; 15,20), de Ester (4,17), de Judit (9,2). Oración de penitencia de Esdras (9,6), de Nehemías (1,4), de Daniel (3,26; 9,4).

231

La oración de intercesión es propia de los profetas: su palabra y oración hacen y deshacen los acontecimientos. Así, Abraham (llamado profeta a consecuencia de su poder de intercesión: (Gén 20,7), rogando por Sodoma (Gén 18,22). Así, Elías (1R 18,36), Amós (7,1), Jeremías (10,23; 14,7; 37,3). El profeta se siente dividido entre la compasión por su pueblo castigado (Jer 14,19; 8,18; Ex 9,8) y su celo por Dios traicionado (Jer 2-3; Ez 16). Su oración es un enfrentamiento con Dios (Núm 17,6; Ez 13,5; 22,30).

232

También es oración el diálogo continuo de los profetas con Dios a raíz de su llamado (Ex 4; 5,22; 17,4; Jer 12,1; 15,10; 20,7), llegando al encuentro cara a cara (Ex 33,18; 1R 19,9).

233

Los Salmos son el libro de oración del pueblo de Dios. Ver página: Oremos con los salmos, p. 960. La oración surge de las mismas necesidades del que suplica. No pide cosas celestiales, sino la salvación concreta que necesita en ese preciso momento. Pero constantemente se olvida de sí para alabar a Dios: Sal 47; 81; 89; 95; 98; 113; 117; 135. Y no olvida que en Dios está todo su bien, pidiendo ver a Dios y morar en su casa (Sal 16,23; 27,7; 63,2; 65,5; 73,24).

234

Jesús ora (Mc 1,35; Mt 11,25; Lc 22,32; 23,33; Jn 11,42) especialmente antes de tomar decisiones importantes (Lc 3,21; 6,12; 9,18; 9,29; 23,46; Mc 14,36; Jn 8,29). Ver también Heb 5,7; 7,25. Jesús hace sus milagros para aquellos que le piden con fe (Lc 7,1; Mc 10,46) y que perseveran hasta que él los atienda (Mt 7,24); y nos dice que ésa es la manera de pedir al Padre (Lc 11,5-13; 18,1; Mc 9,23; 11,22). Pero también nos enseña a pedir antes que nada que se haga la voluntad del Padre (Mt 6,10; 7,21; 12,50; Jn 4,34; 7,17). Nos enseña lo que debemos pedir al Padre y cómo pedirlo: el Padrenuestro (Mt 6,9; Lc 11,1 y también Mt 6,5).

235

La oración de la Iglesia primitiva. En el mismo Templo de los judíos (Lc 24,5; He 3,1; 5,12) con las manos levantadas (1Tim 2,8) o de rodillas (He 9,40). Oración comunitaria (He 1,14; Mt 18,19) frente a las situaciones difíciles (He 4,24; 6,6; 12,5).

236

Las cartas de Pablo contienen invitaciones a orar (Ef 6,18; Col 1,3; 1Tes 5,17; Rom 15,30; 1Cor 7,15; 1Tim 2,1; 1Tim 5,5) y acciones de gracias improvisadas (Rom 8,31; 11,33; 16,25; 2Cor 1,3; Ef 1). La oración de intercesión es para él una lucha ( ver 231 ; Rom 16,30; Fil 1,30; Col 4,12 y com. de Col 2,1; ver también com. de Gén 32,23). Siempre hay equilibrio entre la suplicación y la acción de gracias (Fil 4,6).

237

La oración en nombre de Jesús es propia del que comparte la misión de Jesús y se deja guiar por su Espíritu (Jn 14,12-13; 16,23). Es la oración perfecta del que ha llegado a la negación de sí mismo; no se guía por codicias humanas (Stgo 4,3), sino que lo inspira el Espíritu de los hijos adoptivos (Rom 8,15; 8,26). Esta oración se dirige al Padre (Gál 4,6), nos lleva a desear con todo nuestro ser lo que él quiere y lo que adelanta su Reino. Le pedimos cosas concretas (Mt 7,11), pero en otro sentido el Espíritu Santo es el que esperamos (Lc 11,13). Esta oración siempre escuchada trae el gozo (Jn 16,24).

238

Otros textos: 1Pe 3,7; 4,7; Stgo 1,6; 5,16; Ap 5,8.

24. La mision y la evangelización

 

240

La palabra misión significa envío (com. de Mt 10,1). Jesús era el enviado del Padre para dar la Buena Nueva a Israel (Jn 3,17; 4,34; 6,38; 9,4; 10,36; 17,18; Mt 15,24), a los pobres y afligidos (Is 61,1; com. de Mt 5,1; Lc 7,22). Al dejar esta tierra Jesús envía a los apóstoles (Jn 20,21; Mt 28,19; He 1,8) y los acredita con señales del Espíritu Santo (Mc 16,17 y com. de Lc 10,1). Apóstol significa enviado (Lc 6,13). Después de los Doce, la Iglesia seguirá enviando a los apóstoles y misioneros (com. de Lc 5,1). Uno debe ser enviado por la Iglesia, lo mismo como los Doce por Cristo (Mc 3,13; He 26,16; 13,2; 19,14).

241

La tarea misionera es obra común de los apóstoles y del Espíritu Santo (Jn 14,26; Lc 24,49: He 1,4), que dará testimonio junto con ellos (Jn 15,26). El Espíritu anima al apóstol (1Pe 1,12), pero luego la palabra del apóstol hace que el Espíritu venga a sus auditores. Quien recibe a los apóstoles recibe al Padre y al Hijo (Lc 10,16).

242

Los misioneros anuncian el Evangelio (eso es la Buena Nueva). En boca de Jesús, la Buena Nueva significa la llegada del Reino de Dios ( ver 110 - 116 ) y la acompañan las numerosas curaciones que Jesús obra (com. de Mt 9,35; Lc 7,22). En boca de los apóstoles la Buena Nueva significa la realización de las promesas de Dios a Israel (He 13,32). Es la gracia del perdón y el don del Espíritu (He 2,38; 3,26; 10,43; 13,38). La Buena Nueva está toda en la venida de Jesús (Mc 1,1), que nos trae la paz (He 10,36; Ef 2,14). Para Pablo el Evangelio es el plan de salvación de Dios para todos los hombres (Rom 15,9; Ef 3,6). Su centro es la muerte y resurrección de Jesús (1Cor 15,1). Es una fuerza que va conquistando el mundo (Rom 1,16; Col 1,6).

243

La predicación del Evangelio, cuando es acogida, trae consigo arrepentimiento (He 2,37-38; 3,19; 17,30; 26,20) y conversión (Mt 4,17; Mc 6,12; 182 ). El hombre reconoce la situación de pecado en que estaba, junto con un mundo perdido (He 2,40; 3,26) y cree en el perdón que Dios le ofrece por Cristo (He 5,31 y 160 - 164 ). Esta conversión del corazón y del ser profundo es diferente de la que consiste solamente en dejar sus vicios (ver com. de Lc 3,7 y 7,24). Es obra de Dios (Ez 36; 1R 18,37; Rom 2,4). En cambio, al rechazar la predicación, personas y sociedades se pierden (Mt 11,20; 12,41; Mc 16,16).

244

Evangelizar no es solamente anunciar el Evangelio, sino hacer que sea la Buena Nueva que a uno lo libera en las circunstancias concretas en que vive (com. de Mt 28,16). El Evangelio significa una sanación de toda la persona humana. Liberación de los prejuicios religiosos (Col 2,16-22; Gál 4,8-11) y de las barreras sociales (Gál 2,11). Trae una renovación de toda la cultura y una crítica radical del orden social (1Cor 7,17-24). Lleva a una madurez de juicio y de las relaciones con los demás (Ef 4,14; 4,22-32).

245

Los que anuncian el Evangelio se presentan como los testigos de Cristo (He 1,8; Jn 15,27). Después de Jesús, testigo fiel (Ap 1,5; 3,14) que viene al mundo para dar testimonio de lo que ha oído del Padre (Jn 1,18; 3,11) y que da testimonio de lo que es él (Jn, 8,13; 1Tim 6,13), los apóstoles a su vez dan testimonio de él (Jn 15,17; 20,21). Mediante su testimonio, Dios es el que da testimonio (1Jn 5,9).

246

Mártir , en idioma griego, significa testigo. Llamamos mártir al que sufrió y dio su vida para ser consecuente con su testimonio (Ap 2,13; 6,9; 11,3; 17,6; Mc 13,9; y com. de Mt 10,16). Debido al odio del demonio contra la Iglesia, serán numerosos los mártires (Ap 17,6). Ellos son los verdaderos vencedores del mundo (Ap 12,11).

25. El porvenir del mundo, el Juicio y la Resurrección

 

250

El Reino de Dios se desarrolla dentro del mundo, obra de Dios, como un fermento (Mt 13,33), capaz de transformarlo y de salvarlo (Jn 3,16). Este mundo, sin embargo, está bajo el poder del Malo (ver com. de Jn 3,11 y Jn 5,19) a consecuencia de la caída del hombre que alienó su libertad (Jn 8,34; Rom 8,18). Jesús, al morir, le ha quitado su poder de alguna manera (Mt 12,29; Jn 12,31). Sin embargo, al juzgar según las apariencias, sigue muy influyente (Mt 16,18) y anima una corriente poderosa que se opone a la verdad y la justicia (Jn 3,19) y que odia más que todo a los testigos de Cristo (Jn 15,18; Mt 10,16; Ap 12,17) y a su Iglesia (Ap 12,13). Esta corriente hostil es llamada a veces «el mundo» (Jn 16,33). A veces se llama «mundo» a los que no conocen su vocación de hijos de Dios (Jn 14,19; 16,20; 17,23; 1Cor 5,10). Ver también 1Jn 2,15.

251

Los creyentes están dentro del mundo sin ser del mundo (Jn 17,15). La Iglesia está al servicio del mundo para llevarlo a su fin verdadero (Mc 16,15; Col 1,20). No está al servicio de los proyectos del mundo (Stgo 4,4) ni de los ideales humanos de felicidad, de justicia y de paz, siempre limitados (Lc 12,13; 12,51), que olvidan la situación real del hombre pecador (Mt 4,1) y no entienden la salvación mediante la cruz (Mt 16,23; Lc 24,26 1Cor 1,20).

252

Sin embargo, al fijarnos en el Antiguo Testamento, descubrimos una pedagogía divina. Para que el hombre entienda su vocación divina, necesita probar los bienes de la tierra y luchar por ideales humanos (ver com. de Gén 13,7; Ex 3,16; Intr. a 1R; com. de Mt 5,1), ideales limitados que Dios los ayudará a purificar poco a poco, llegando a entender el misterio de la cruz (ver com. de Lc 24,13).

253

Para su propio crecimiento, como para bien del mundo, el creyente se compromete en las tareas del mundo (Mt 25,14; 2Tes 3,10; 1Tim 4,3; Tit 3,8; com. de Mc 13,33) y con esto se hace cooperador de Dios Creador, que sigue actuando y creando (com. de Gén 1,28; Jn 5,7). La Iglesia puede esperar tiempos de paz y una irradiación del Evangelio (Ap 20,1). Su influencia será manifiesta (com. de Mt 13,31) e instituciones humanas de toda clase se cobijarán a su sombra (Mt 13,32). Sin embargo, habrá persecuciones (ver 251), además de los escándalos dentro de la Iglesia (Mt 13,47). El demonio favorecerá, contra ella, las falsas religiones (Ap 13,11) y los regímenes totalitarios (Ap 13,2) y a veces dará la impresión de haberla vencido (Ap 11,7; 13,14-17).

254

Jesús nos advierte respecto de los conflictos que la Iglesia enfrentará. Los tiempos futuros, tal vez largos (Mt 28,20; Lc 21,24) serán una segunda etapa de la historia sagrada: el Evangelio predicado a los no judíos (Mc 13,10) para que acojan la fe y formen parte del pueblo de Dios (He 26,17-18). Maduración de la humanidad (Ef 4,13) en busca de su unidad en el Hombre Nuevo. La Iglesia se extenderá dando impulso y protección a muchas novedades (Mt 13,31; Ap 20,1). No faltarán los escándalos dentro de la Iglesia (Mt 13,47; 18,7). La historia será un continuo juicio de Dios (Ap 13-18) sobre las naciones, las culturas y la Iglesia misma (Ap 1-3). Todas las contradicciones de nuestra historia serán puestas a la luz (Lc 2,35; Jn 9,39).

255

El demonio se valdrá de los errores contra la Iglesia (Ap 13,11) favorecerá religiones puras en que la violencia se disimula (Jn 16,2; He 22,3-4) y los sistemas totalitarios (Ap 13,2). Parecerá muchas veces que ha sido vencedor (Ap 11,7; 13,14-17). Después de muchas crisis el mundo estará maduro para un último enfrentamiento ( ver 124 ver 124): apostasía de las naciones y venida del anticristo (2Tes 2,3-9; 1Jn 2,18). Esto será el preludio de la vuelta de Cristo (Mc 13,26) y de la Resurrección (1Tes 5,15; 1Cor 15).

256

Estamos esperando un juicio de Dios sobre la historia y una resurrección. No vivimos sino una vez (Lc 16,27; 20,27; Heb 6,4-8; 9,27) y nuestra eternidad se juega toda en esta vida (com. de Mt 13,36).

¿Cuál será nuestra existencia después de la resurrección? Ver Lc 20,27 y 1Cor 15. Compartiremos la Gloria de Dios (Rom 8,17; 8,30). Verlo y amarlo como él se ama y se ve a sí mismo, y ser con El un solo espíritu (1Cor 6,17; 13,13; 1Jn 3,2). Jesús muestra que esa vida en Dios tiene un aspecto comunitario (Mt 22; 25,1-30; Lc 22,30). Plenitud del universo inmerso en la Gloria de Dios (Rom 8,21-23; Ap 21,22).

257

¿Acaso los muertos están sin vida alguna antes de la Resurrección? La duda queda en el Antiguo Testamento ( ver 92 ); (Dn 12,1-5 y 12,13). El Nuevo habla claramente al respecto: Lc 23,43; 2Cor 5,8; Fil 1,23; 1P 4,6; Ap 14,3.

258

La Biblia afirma repetidamente que algunos van con toda su voluntad a una perdición definitiva. Esta existencia fuera de Dios y para siempre es comparada con el suplicio del fuego: Mt 13,30; 13,42; Mc 9,43; Lc 16,23; Ap 21,8.

259

Ninguno se acercará a Dios sin haber sido purificado de todo pecado e impureza. La Iglesia siempre afirmó que una purificación se da en el momento de la muerte e incluso después para todos aquellos que se quedaron apegados a sus imperfecciones y deseos humanos (2Ma 12,43; 1Cor 3,15).