El corazón del judaísmo

Lo que caracteriza al judaísmo es un conjunto de creencias y de ritos, un patrimonio religioso, cultural y social que da sentido a toda la existencia. Inseparablemente ligado a la historia de un pueblo, el Judaísmo ha sido modelado tanto por la palabra de Dios, transmitida incansablemente por sus profetas y guías espirituales, como por el choque de los acontecimientos que han hecho esa historia. Así es como la Torah entregada por Dios a Moisés es junto con la Tradición oral la roca en la que se asentó el judaísmo a lo largo de los siglos. En torno a estas dos fuentes convergentes se fue articulando la vida cotidiana de Israel en sus diferentes componentes familiares, sociales y religiosos; Jerusalén y su Templo hasta el año 70 de nuestra era constituyeron su centro y permanecieron como la figura de los tiempos mesiánicos y del mundo futuro.

Amor y obediencia

Un texto del Deuteronomio resume al parecer la originalidad del ideal judío: ¿Qué te pide Yavé tu Dios? Simplemente temer a Yavé tu Dios, caminar por todos sus caminos, amarlo y servirlo con todo tu corazón y con toda tu alma. (Dt 10,11-13).

El amor del hombre por su Dios se verifica por la fidelidad a las observancias de la Ley. Pero, con el tiempo, los Maestros de la Ley no cesaron de agregar y de volver a agregar nuevas prescripciones de tal modo que, a comienzos de la era cristiana, se llegaba a una lista de 613 prescripciones a las que los judíos religiosos se atenían con una fidelidad digna de elogio.

Circuncisión e instrucción

Practicada en el recién nacido a partir del octavo día, la circuncisión era el signo de la pertenencia al pueblo judío, lo que se entendía tanto en su dimensión geográfica como en su arraigo histórico, ya que el texto sagrado relaciona su origen con Abraham (Gén 17, 9-14).

Cuando el niño ya había crecido, su padre lo instruía, conformándose en eso con una de las principales prescripciones del Deuteronomio (Dt 6,7). Esta enseñanza versaba sobre la historia de las maravillas que Dios había realizado a favor de su pueblo y sobre la manera como Israel del había de recordar esas hazañas de Dios y dar gracias por ello. Más tarde, en una fecha que es difícil determinar, el rito de la Bar-Mitzva vendrá a sancionar y consagrar esa enseñanza de la Ley.

Esa obligación que tenía el padre de instruir a sus hijos iba a tener muy rápidamente como consecuencia para cualquier muchacho judío, fuese cual fuere su condición social, el aprendizaje de la lectura. El padre no era el único responsable de velar porque esta obligación se cumpliera sino que también la comunidad se interesaba en ella; fue así como a partir de la segunda mitad del primer siglo de nuestra era, un rabino, Yeshua ben Gamla, hizo que se abrieran escuelas en todas las ciudades del imperio en donde se habían establecido las comunidades judías.

Por su parte, la madre se encargaba de la educación de las hijas.

De ese modo la familia judía estaba profundamente inmersa en la creencia y las prácticas de un pueblo al que Dios había llamado y puesto aparte entre todos los demás pueblos de la tierra. Esta elección divina y este sentido de la pertenencia a un pueblo son los constituyentes de la conciencia judía. Es por eso que será constantemente reafirmado el arraigamiento a una tribu, un clan, una familia; para convencerse de ello basta con ver el lugar que ocupan la genealogías en los relatos bíblicos y la solidaridad que se ejerce entre los miembros de una misma familia en las pruebas tanto cotidianas como más trágicas.

La familia

Sin ser una regla absoluta, la monogamia se impuso en Israel a lo largo del período real y se convirtió en la norma: es muy probable que la revelación del amor divino transmitida por los profetas haya estado en el origen de este paso de la poligamia, que era corriente durante la época nómada, a la monogamia. Siempre será el ejemplo de la fidelidad sin fallas de Dios lo que justificará en Israel la fidelidad conyugal exigida tanto al hombre como a la mujer y la severidad de los castigos infligidos a los infractores de ambos sexos.

El hombre y la mujer tienen cada cual su lugar, tanto en la vida familiar como en la vida pública. Si la mujer debe ser al servicio de su marido discreta, eficaz y afectuosa, y velar por el buen orden de su casa (Pro 31,27), el marido por su parte debe reservarle sus alabanzas (Pro 31,28).

La familia es el primer lugar en donde se vive la adhesión de Israel a su Dios y es en este marco familiar donde tienen lugar los primeros ritos encargados de expresarla: la liturgia del sábado.

Cuando el sol se esconde en el horizonte el viernes por la tarde, la mujer prepara la mesa y pone sobre un mantel bordado los dos panes rituales, luego enciende dos velas y las lámparas de la casa, pero será al marido a quien corresponderá bendecir la copa de vino y el pan. Hombres y mujeres se dirigen a la sinagoga, pero sólo los hombres son admitidos a hacer la lectura o a dirigir la oración. El sábado es para la familia judía como las arras del mundo futuro y la realización de la palabra del salmo: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo iré pues a presentarme delante de Dios?” (Sal 42,3).

La oración

Según el caso alabanza, súplica o acción de gracias, la oración enmarca toda la vida del judío, desde que se levanta hasta que se acuesta. Está prescrita tres veces al día y el tratado de las bendiciones precisa en qué momentos: por la mañana, al mediodía, y “cuando se cierran las puertas de la noche”. El “Shema Israel” (recuerda Israel) es la pieza maestra de esta oración: proclama la fe de Israel en el Dios Único, el amor sin reservas de ese Dios como fundamento de la religión, y la fidelidad a sus mandamientos como respuesta a su amor. Esta oración quedará definitivamente establecida después de la primera rebelión judía; comprende dos fragmentos del Deuteronomio (Dt 6,4-9 y 11, 13-21) y una exhortación final sacada de los Números (Núm 15,37-41).

Pero el judío, cuya conciencia de pertenencia a un pueblo es tan fuerte, no puede contentarse con una oración personal o incluso familiar, deja pues un gran lugar a la oración comunitaria de la sinagoga.

La sinagoga

Si bien no se sabe nada exacto sobre los orígenes de la sinagoga, se puede suponer que fue dentro del contexto de la cautividad en Babilonia cuando se adquirió la costumbre de reunirse para la oración y el estudio de la Ley. El movimiento comenzó a desarrollarse primero en las comunidades dispersas de la Diáspora y continuó más tarde en Palestina a la vuelta del cautiverio: lo cierto es que en la época de Cristo la institución estaba perfectamente ajustada y que se hacía remontar sus orígenes a los tiempos antiguos (He 15,21).

La sinagoga era en general de plano rectangular con tres naves. Un nicho al fondo del edificio, la Teva, estaba cubierto con un paño de terciopelo azul bordado en oro; allí se guardaban los rollos de la Torah. Delante de este nicho ardía una lámpara. En el centro de la sala de oración había un estrado, cuyo nombre recuerda los estrados oficiales del imperio romano, el Bima, en el centro del estrado había una mesa en la que se depositaba el rollo sagrado cuando se hacía la liturgia sinagogal. Formaban parte de los objetos rituales de la sinagoga el candelabro de siete brazos, los diversos vasos, el Shofar (trompeta de cuerno de carnero que se utilizaba para el día del Año celebrado el primero y el segundo mes de Tishri y para el día de Kippur, el día del perdón).

La liturgia sinagogal ha continuado siendo fundamentalmente la misma desde el período antes de Cristo. Se divide en dos: un tiempo para la oración y un tiempo para la enseñanza. Después de la oración “ Shema Israel ” que estaba rodeada de oraciones de bendición, seguían los “ Shemoné esré ” (las “dieciocho” bendiciones) que eran recitadas por el que presidía, y a las que los participantes respondían con un Amén. Mientras las tres primeras y las tres últimas son de alabanza, las doce bendiciones centrales son oraciones de perdón o de súplica. Antes de la última alabanza se pone la bendición extraída del Libro de los Números (Núm 6,24-27).

Concluida esta primera parte de la liturgia, se escucha un pasaje de la Ley escogido según un orden predeterminado de tal manera que se reparta su lectura a lo largo del año. El día del Sábado se agrega la lectura de un texto profético. Es así como son leídos cincuenta y dos pasajes de los profetas según un orden anual inmutable; luego podían ser objeto de un comentario homilético (Cf Lc 4,16-30).

El calendario

La fecha de la creación (7 de octubre de 3760 A.C.) marca el comienzo de la era judía. Al igual que todos los calendarios antiguos se procuraba, para respetar el ciclo de las estaciones, hacer concordar el período lunar con la revolución de la tierra alrededor del sol. En este caso, se agregaba siete veces durante diecinueve años un mes lunar suplementario a los doce meses habituales del año. No hay pues, por este hecho, una correspondencia estable entre las fiestas judías y el calendario gregoriano que se usa actualmente.

Por otra parte, el calendario tenía dos puntos de partida: el año civil comenzaba en otoño junto con el reinicio de las actividades agrícolas, mientras que el año religioso comenzaba en primavera: así era como el ciclo de las fiestas de la Creación y del Juicio comenzaba con el Día del Año que se celebraba el primer día del primer mes del otoño, y las fiestas de la Salvación comenzaban con la Pascua (o Ázimos) que se celebraba el primer mes de primavera. El calendario le recordaba a cada israelita que era hijo de la tierra (ese es el sentido de la palabra Adán ) y salvado para Dios.

Entre las fiestas que incluía el calendario de Israel, algunas revestían una importancia mayor y se celebraban tanto en la casa como en la sinagoga mediante ritos específicos, ya fuera en Palestina ya fuera en la diáspora.


Rosh Hashannah

Es el día del año, primer día del mes de Tishri, que en la Torah lleva el nombre de fiesta de las Aclamaciones con motivo de las prescripciones del Levítico que le conciernen (Lev 23,24). El sonido del Shofar (cuerno de carnero) evoca los sonidos de trompeta del Sinaí, porque el hombre creado por Dios no puede olvidar el día del Juicio que viene. El Rosh Hashannah es un día de advertencias solemnes que abre los Yamin Noarim (las fiestas terribles) y prepara la fiesta siguiente del 10 de Tishri.


Yom Kippur

El diez del mes de Tishri es el Día del Perdón (Lev 23,26). Ese día de penitencia estaba marcado por un ayuno absoluto y por la abstinencia de cualquier trabajo o actividad. Durante todo el día, subía de cada sinagoga a Dios una ardiente súplica; la mayoría de los hombres, vestidos de blanco como el rabino, repetían la gran oración Avinu, Malkénu (Nuestro Padre, Nuestro Rey) y leían a Jonás y algunos textos de Isaías.

Pero cuando llegaba la tarde, cada cual retornaba a su casa, confiando en el perdón, fruto de la infinita misericordia de Dios y se podía entonces hacer estallar su alegría en una cena festiva.


Sukkot

El día quince de ese mes de Tishri, al comienzo del otoño, antes de la llegada de las primeras lluvias, se celebra la fiesta de las Tiendas (Sukot en hebreo). Esta fiesta que fue agrícola en sus comienzos había integrado el recuerdo de la estada en el desierto, por eso se pasaba toda la semana en chozas o en cabañas de ramas, que se construían en el jardín o en la terraza, y cuyo primer palo se había instalado la tarde del Yom Kippur. Ese día se cantaba el Gran Hallel (Sal 113 a 118) agitando con la mano derecha, en las cuatro direcciones, un ramo de palmas, de mirto, y de ramas de sauce amarradas entre sí, que se llamaba lulav, y con la mano izquierda, el Ethrog fruto del Cédrat (una especie de limón verde). Fiesta del agua y de la luz, la fiesta de las Tiendas traía consigo la esperanza mesiánica de Israel y entonces se aclamaba el famoso “¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor!”


Pessah (La Pascua)

Esta fiesta conmemoraba la salida de Egipto, pero a partir de la reforma de Josías pasó a ser sólo una con la fiesta de los Ázimos, que había nacido del paso de la vida nómada a la vida agrícola una vez que se instalaron en Canaán.

Para todos los que vivían en la Diáspora o incluso en Palestina pero fuera de la Ciudad santa, el Sede , cena que se celebraba la primera tarde de la semana pascual, era el rito principal de esta fiesta. Durante la cena se leía el texto referente a la salida de Egipto: el padre de familia les enseñaba a sus hijos el sentido de los panes ácimos, del hueso asado, de las hierbas amargas, del pastel de manzanas, de la nuez mezclada con vino y canela, del huevo duro, que son otros tantos alimentos simbólicos que recuerdan las diferentes facetas del acontecimiento pascual. Luego venían las oraciones y bendiciones. Como los corderos no podían ser inmolados más que en el Templo, sólo en Jerusalén la cena pascual incluía cordero asado.


Shavuoth (Pentecostés)

Siete semanas a partir del día en que se había comenzado a segar el trigo (de hecho se había determinado arbitrariamente ese día en la fecha de la Pascua) se celebraba la fiesta de Pentecostés (Dt 16,9). Esa fiesta, que en su origen fue agrícola, se extendía toda la semana; también se había transformado en la fiesta del Don de la Ley en el Sinaí. Por eso era destacada en la Sinagoga con la lectura de las Diez Palabras (el Decálogo) y con una noche de estudio de la Torah.


Hanukka

Esa fiesta, que fue instituida a mediados del siglo segundo antes de Cristo, fue establecida el 25 Kislev (Noviembre-Diciembre). Recuerda la purificación del templo llevada a cabo por Judas Macabeo en Diciembre de 164 a.C. después de que fue profanado por Antíoco IV Epífanes. Durante los ocho días, tanto en casa como en la sinagoga, se encendían una a una las ocho velas del candelabro de Hanukka el que, a diferencia de la Menorah, tenía nueve brazos: de estos ocho son iguales y uno es diferente, más alto, más bajo, poco importa, pero distinto a los demás. Una alegre leyenda cuenta en efecto que la candela del santuario fue milagrosamente encontrada encendida en el templo profanado, y que con ella se habían prendido las velas durante los ocho días de la dedicación.