Las rebeliones judías

Los enfrentamientos entre una población que soportaba cada vez menos las actuaciones torpes o vejatorias de los representantes de Roma, y la administración imperial, condujeron a tres rebeliones judías en menos de setenta años, a represalias salvajes y a una dispersión sin precedentes de la comunidad judía.

La tensión aumenta

Durante su corto reinado, Calígula había ordenado erigir su estatua en el templo de Jerusalén como represalia contra los judíos que habían destruido en Jamnia un altar levantado en su honor. El legado tuvo la sabiduría de diferir la ejecución de la orden imperial, mientras Agripa en Roma usaba todas sus relaciones para hacer revocar esa orden. Calígula fue asesinado en buen momento por el legado al que se le había intimado que se suicidara por insubordinación, y la paz pareció volver. Se prolongó bajo el gobierno de dos procuradores sucesivos. Pero bajo su sucesor Cumanus, dos veces la arrogancia de un soldado romano provocó motines, represión brutal y reclamos ante el gobernador que finalmente cedió a las instancias de los judíos.

Habiéndose producido un nuevo incidente entre samaritanos y judíos, esta vez Cumanus se negó a satisfacer las demandas de los últimos; dos instigadores arrastraron a las turbas judías a masacrar e incendiar las ciudades de Samaria. Cuando los samaritanos presentaron sus reclamos ante el legado de Siria, los envió a Roma donde la intercesión de Agripa ante Claudio, quien le tenía amistad, consiguió una vez más que se diera la razón a los judíos. Cumanus fue exiliado y reemplazado por Félix, conocido por su arbitrariedad y por notoria mala conducta. Por esos días murió Claudio, dejando el imperio a Nerón, el hijo que había tenido de Agripina.

Jerusalén había caído en manos de los facciosos: los asesinatos no terminaban y la represión de los procuradores exacerbaba más aún la agresividad de los zelotes. Estalló una revuelta en Cesarea, en la misma ciudad donde tenía su sede Félix. Su sucesor Festus – que es mencionado en He 25 a propósito del proceso de Pablo – se empeñó en acabar con bandidaje y violencia; pero con los procuradores corrompidos que le sucedieron, la situación no hizo más que empeorar.

La “Primera Rebelión”

Una gresca entre griegos y judíos cerca de la sinagoga prendió la mecha. El conflicto se extendió rápidamente a las ciudades y a Jerusalén; en noviembre del 66 el país soliviantado contaba con más de 50.000 combatientes. Cestius Gallus, legado de Siria, vino a retomar Cesarea. Pronto dio la impresión de que la calma había vuelto al norte del país; los romanos subieron entonces a Jerusalén a la que pusieron cerco. Mal informado, Cestius levantó el sitio, y los judíos se aprovecharon para lanzarse sobre el enemigo en retirada y hacerlo pedazos. El emperador Nerón reaccionó inmediatamente y despachó a Vespasiano, “ese guerrero infatigable” de que habla Tácito. Con la legión que comandaba personalmente, las dos legiones que su hijo Tito le trajo de Egipto y la que ya estaba en el lugar, disponía de 60.000 hombres.

Vespasiano sitió sucesivamente Jotapata, Tiberíades y Gamla; al final de la estación era dueño de Galilea. En la primavera siguiente, limpió las orillas del Jordán, y pudo dominar la mayor parte de Judea. Las legiones se instalaron en Emaús.

Vespasiano emperador

Pero mientras tanto, en Roma, Nerón se había echado todo el mundo encima; los generales se sublevaron y Nerón se suicidó para escapar al suplicio. Su muerte dio inicio a un desorden general y la vuelta a las guerras civiles. Finalmente las provincias del Oriente proclamaron a Vespasiano emperador. Antes de embarcarse le confió a su hijo Tito la misión de aplastar definitivamente la rebelión judía, pues los últimos trastornos habían dado a los insurgentes tiempo para rehacerse.

La toma de Jerusalén

Tito estableció su campamento en Guibea, a 5 kilómetros de Jerusalén. A pesar de que disponía de un formidable ejército, la ciudad era difícil de tomar y sus defensores estaban resueltos a todo. Pero la concordia no reinaba entre los insurgentes. Cansados del despotismo de Juan de Gischala que ocupaba Jerusalén desde el año 67, los habitantes acogieron con alegría a un nuevo jefe, Simón bar Giora. Juan y sus zelotes se refugiaron entonces en el patio del Templo. Se asaltaban y se mataban entre judíos; traiciones, incendios… Después del fracaso de un ataque por la fuerza, Tito pone sitio a la ciudad. A fines de mayo del 70, el muro noroeste que circundaba la ciudad cede; luego es conquistado el terreno hasta el segundo muro que también cede. La fortaleza Antonia es finalmente conquistada en julio y el 29 (era el mismo mes de Ab, en que Nabucodonosor se había apoderado de Jerusalén) el Templo es tomado por asalto e incendiado. En septiembre los últimos insurgentes, diezmados por el hambre, fueron arrojados fuera de la ciudad alta donde se habían reagrupado.

El fin de la rebelión

Los que escaparon a la muerte fueron a juntarse, en los mercados de esclavos, con sus compatriotas que habían caído prisioneros en los combates de Galilea y Judea. Algunos grupos de zelotes atrincherados en las antiguas fortalezas de Herodes prosiguieron una guerra de hostigamiento. Los romanos acabaron con esos núcleos de resistencia: el Herodión y Maqueronte cayeron primero, y al último Masada: era la primavera del 73.

El emperador Vespasiano convirtió a Palestina en una provincia imperial que tomó el nombre de Judea. Como el templo estaba en ruinas, el impuesto del Templo era pagado ahora al tesoro de Júpiter Capitolino, pero el judaísmo conservaba su status de religión reconocida.

Con la pérdida de la independencia y la destrucción del Templo, la composición del Sanedrín se transformó a favor de los Doctores de la Ley del partido de los fariseos que se reagruparon en Jamnia en torno a Yohanán ben Zakkai. Muy rápidamente el Sanedrín se impuso en Palestina y en la Diáspora como la autoridad religiosa del judaísmo: su presidente fue honrado con el título de “Príncipe”, Ha Nasi.

Agitación bajo Trajano

Se entiende que Vespasiano y su hijo Tito hayan tenido poca simpatía por los judíos. En cuanto al tercero de la dinastía, Domiciano, su carácter tiránico no lo disponía a respetar una religión que sobresalía por su diferencia; así pues, luego de la gran persecución del 95 contra los cristianos, fueron también ultimados numerosos judíos y, entre ellos, incluso miembros de la familia imperial que se habían convertido al judaísmo.

Trajano llegó al poder el 98. Soñando con renovar las hazañas de Alejandro en Oriente, decidió abatir a los partos. Como sus campañas vaciaran las arcas del estado, aumentó los impuestos. Las comunidades judías del imperio ya no aguantaron una presión fiscal cada día creciente, y pronto, en Cirenaica, Egipto y Chipre se desencadenaron movimientos de revuelta a los que se juntaron las ricas comunidades de Mesopotamia.

Bar Kochba

Cuando, el año 117, murió súbitamente Trajano, la agitación de las comunidades judías parecía haberse apaciguado. Adriano, que acababa de llegar al poder, visitó Jerusalén el 130 y la encontró más o menos en el mismo estado en que la había dejado la primera rebelión y su aniquilamiento por Roma. Decidió entonces edificar allí una nueva ciudad, Aelia Capitolina, en la que se construiría en el mismo sitio del Templo un santuario en honor a Júpiter Capitolino. También parece que la circuncisión, que para los romanos era igual que una castración, fue prohibida por ese mismo tiempo. Lo cierto es que el 132, apenas el emperador abandona el Oriente, un tal Simón Kosiba, por sobrenombre Bar Kochba, el Hijo de la Estrella, se pone a la cabeza de la insurrección.

Reconocido como Mesías por el ilustre rabino Rabbi Aquiba, y apoyado por el sacerdote Eleazar, Simón extendió su movimiento por todo el país. Sorprendidos, los romanos se replegaron tras las fronteras, dejando el campo libre a los revoltosos. Jerusalén fue liberada, se acuñó moneda, se restableció el culto; pero no fue más que una ilusión. Las legiones contraatacaron y el levantamiento fue aplastado más terriblemente aún que en los días de Tito. A comienzos del 134 cayó Jerusalén y los romanos no tardaron en desalojar y masacrar los grupos de resistencia que habían buscado refugio en las grutas excavadas en las quebradas que descienden del desierto de Judá al Mar Muerto.; Bar Kochba murió en un último combate, y Roma tomó el país en sus manos, borrando incluso el recuerdo del pasado: Judaea sería en adelante Palestina .

Los judíos se organizan

La población judía de Palestina no era más que la sombra de lo que había sido: el número de víctimas era considerable y más aún el de los cautivos vendidos como esclavos. Ese “pequeño resto” sin embargo llevará a cabo el trabajo considerable esbozado en Jamnia entre ambas rebeliones, el que prosiguió en las escuelas rabínicas de Palestina. Las sinagogas experimentarán un gran desarrollo, muy especialmente en Galilea en donde residirá en adelante el Sanedrín.

El emperador Antonio “pío” (138-161) era un hombre recto y concienzudo. Respetuoso de la diversidad de sus súbditos, concedió nuevamente a los judíos el derecho a practicar la circuncisión, pero sólo a las personas nacidas de padres judíos. Los favores de Roma no eran desinteresados: el peligro parto estaba siempre latente en la frontera oriental del imperio; las comunidades judías de Mesopotamia eran poderosas y se podía siempre temer que siguieran el partido del enemigo. Roma no vaciló, pues, en reforzar los poderes del Sanedrín, confiriendo a su presidente el título de Patriarca de los judíos

Cristianos en Palestina

En un comienzo, la comunidad cristiana de Jerusalén estuvo compuesta por judíos de Palestina; formados en la escuela de los profetas, alimentados por las palabras de los profetas, habían reconocido en Jesús de Nazaret el Mesías anunciado a sus padres. Para esos “cristianos de la circuncisión” – como a menudo se los designará para distinguirlos de los cristianos de origen pagano – la Ley no ha sido abrogada sino transfigurada. No descuidan nada de las observancias prescritas por la Tora, pero su fe en Cristo los hace sospechosos a los ojos de los demás judíos, y los conflictos son entonces frecuentes. Se sabe que, al estallar la primera rebelión judía, los judío-cristianos de Judea buscaron refugio en Samaria, y luego en Pella en Transjordania (Mc 13,14), manteniéndose así al margen de las hostilidades.

Las dos revueltas judías acrecentaron la diversidad de la población en Palestina: griegos, sirios y gente que había llegado de todos los países de Oriente se codeaban con los judíos que sobrevivieron a las masacres y a los destierros. Los judío-cristianos se veían, pues, entre los judíos que desconfiaban de ellos y los cristianos salidos de otros pueblos. Esa situación contribuyó al rompimiento del grupo.

Unos reconocían en Jesús de Nazaret al Mesías Hijo de Dios hecho hombre, mientras que otros se limitaban a confesar su carácter mesiánico: entre ambos hubo muchas variantes. Ya a mediados del siglo segundo, Hegesipo, un cronista de la Iglesia de Palestina, nombra una docena de sectas judío-cristianas, sin ningún lazo con la gran Iglesia en la que los fieles de origen pagano son la gran mayoría. Esas pequeñas comunidades privadas de cualquier apoyo y divididas se fueron extinguiendo. Cuando, en el concilio de Nicea, el 325, se hizo el censo de los obispos asistentes que representaban a las comunidades de Palestina, ninguno de ellos llevaba un nombre judío.

Antes de desaparecer, las comunidades judío-cristianas dejaron una literatura abundante. Esas obras bastante desiguales, entre las cuales se pueden mencionar el Evangelio según los Hebreos, el Evangelio de Pedro, la Historia de la Dormición de la Santa Madre de Dios y la Historia del carpintero José, no han sido recibidas por la Iglesia en el Canon de las Escrituras.