 En un comienzo, la comunidad cristiana de Jerusalén estuvo compuesta por judíos de Palestina; formados en la escuela de los profetas, alimentados por las palabras de los profetas, habían reconocido en Jesús de Nazaret el Mesías anunciado a sus padres. Para esos “cristianos de la circuncisión” – como a menudo se los designará para distinguirlos de los cristianos de origen pagano – la Ley no ha sido abrogada sino transfigurada. No descuidan nada de las observancias prescritas por la Tora, pero su fe en Cristo los hace sospechosos a los ojos de los demás judíos, y los conflictos son entonces frecuentes. Se sabe que, al estallar la primera rebelión judía, los judío-cristianos de Judea buscaron refugio en Samaria, y luego en Pella en Transjordania (Mc 13,14), manteniéndose así al margen de las hostilidades.
Las dos revueltas judías acrecentaron la diversidad de la población en Palestina: griegos, sirios y gente que había llegado de todos los países de Oriente se codeaban con los judíos que sobrevivieron a las masacres y a los destierros. Los judío-cristianos se veían, pues, entre los judíos que desconfiaban de ellos y los cristianos salidos de otros pueblos. Esa situación contribuyó al rompimiento del grupo.
Unos reconocían en Jesús de Nazaret al Mesías Hijo de Dios hecho hombre, mientras que otros se limitaban a confesar su carácter mesiánico: entre ambos hubo muchas variantes. Ya a mediados del siglo segundo, Hegesipo, un cronista de la Iglesia de Palestina, nombra una docena de sectas judío-cristianas, sin ningún lazo con la gran Iglesia en la que los fieles de origen pagano son la gran mayoría. Esas pequeñas comunidades privadas de cualquier apoyo y divididas se fueron extinguiendo. Cuando, en el concilio de Nicea, el 325, se hizo el censo de los obispos asistentes que representaban a las comunidades de Palestina, ninguno de ellos llevaba un nombre judío.
Antes de desaparecer, las comunidades judío-cristianas dejaron una literatura abundante. Esas obras bastante desiguales, entre las cuales se pueden mencionar el Evangelio según los Hebreos, el Evangelio de Pedro, la Historia de la Dormición de la Santa Madre de Dios y la Historia del carpintero José, no han sido recibidas por la Iglesia en el Canon de las Escrituras.
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