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El libro de los Hechos de los apóstoles atribuye la dispersión de los cristianos en Judea y en Samaria a la persecución y al martirio de Esteban. La nueva persecución, que estalla más o menos diez años después y de la cual Santiago será la primera víctima, da un nuevo empuje al movimiento misionero de la Iglesia primitiva, la que descubre, a lo largo de la persecución, la originalidad y la riqueza de su fe en Jesucristo Hijo de Dios Salvador.
Durante esos años, Saulo, discípulo del gran rabino Gamaliel, descubre, a la luz del Resucitado que se le revela en el “camino de Damasco”, el sentido último de la vocación de Israel, la que expresa fuertemente en la carta a los Efesios: “En él fuimos elegidos; Aquél que actúa en todo según su libre voluntad había decidido en efecto ponernos aparte. Nosotros debíamos llevar esa espera del Mesías, para que de allí resultara al final la alabanza de su gloria” (Ef 1,11-12).
Desde entonces, Pablo lleva ese mensaje de salvación “hasta los confines de la tierra”. Sube a Antioquía de Siria, capital entonces de la provincia romana de Asia, una ciudad muy populosa – tenía alrededor de 500.000 habitantes –, una ciudad cosmopolita donde había surgido muy pronto una comunidad cristiana, en la que los creyentes de origen pagano eran más numerosos que los provenientes del judaísmo. La presencia de Bernabé, enviado por la iglesia de Jerusalén, confiere a la comunidad de Antioquía su autenticidad. Luego de pasar un año en Antioquía, Pablo junto con Bernabé parte rumbo a Chipre y de allí se dirige a Asia – es decir a Asia Menor con sus diversas provincias.
Pablo recorre el territorio de este a oeste en tres ocasiones, prolongando dos veces su viaje misionero hasta Grecia.
Todo eso se lleva a cabo entre los años 46 y 58, bajo los reinados de Claudio y de Nerón.
Detenido en Jerusalén, Pablo es conducido ante el procurador romano en Cesarea marítima, y después de haber apelado al emperador, en virtud de su calidad de ciudadano romano, llega a Roma, como prisionero, en el año 63.
A lo largo de esta larga ruta que lo conduce hasta Roma, Pablo evangeliza y funda comunidades cristianas con las cuales mantiene el contacto pastoral mediante notables escritos de fe, de rigor de pensamiento y de presencia en sus problemas cotidianos; estas son las “epístolas de Pablo”.
Conscientes de la importancia del testimonio de Jesús de Nazaret, que es el único que puede revelar al Padre de verdad, los responsables de la Iglesia van a fijar, probablemente por etapas, ese “testimonio”. Cuatro autores, de los cuales dos son apóstoles, Mateo y Juan, y dos discípulos, Marcos y Lucas, dejarán a la Iglesia cuatro evangelios que antes de fines del primer siglo serán reunidos junto con las cartas de Pablo y otros escritos apostólicos, entre los cuales el Apocalipsis, para constituir lo que más tarde se llamará el Nuevo Testamento.   
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