Herodes magno

Herodes no pertenecía a la dinastía asmonea. Para remediar esa falla tomó su segunda esposa de ese linaje real; era Mariamne, nieta tanto de Hircano como de Aristóbulo. Como no pertenecía a la descendencia de Aarón, no podía pretender el soberano pontificado. Confió pues ese cargo a un tal Ananel, pero luego se lo quitó y se lo entregó a su joven cuñado Aristóbulo III.

Un personaje complejo

Víctima de celos enfermizos, Herodes diezmó la descendencia asmonea; a un año tan sólo de haber nombrado al sumo sacerdote, lo hizo ahogar en la piscina del palacio de Jericó; seis años después eliminó a su esposa Mariamne y su suegra Alejandra, era el año 29. Cuando ya estaba viejo, mandó matar a los dos hijos que había tenido con Mariamne, y poco antes de su muerte suprimió además a otro hijo que había tenido de su primera esposa Doris.

A pesar de los crímenes en serie y los comprometimientos de toda clase, el reino de Herodes tuvo una cierta grandeza. Supo apartar a los Partos y a los Arabes, pacificó Judea después de los disturbios que habían ensangrentado el país. Su obra arquitectural imprime la huella del personaje. Traduce su apetito de poder y de dominación, su locura de grandezas, su angustia enfermiza de morir asesinado a su vez, lo llevaron a la locura.

El modelo grecorromano

A diferencia de los Asmoneos el rey Herodes no obligó a circuncidarse a la importante población no judía de su reino. Sus preferencias iban más bien a la cultura helenística a la que admiraba y a cuyos representantes más eminentes acogía con gusto.

Esa admiración le inspiró todo un programa de construcciones que sorprenden aún hoy por su grandeza y por su calidad. En menos de treinta años hizo surgir de las dunas a Cesarea marítima, su puerto y su ciudad principesca; reconstruyó Samaria a la que dio el nombre de Sebasta (en honor a Augusto) y reforzó la ciudadela de Jerusalén; renovó totalmente el edificio y las dependencias del Templo, en cuyo lado norte implantó la fortaleza Antonia; construyó o restauró seis fortalezas cerca del Mar Muerto (entre las cuales hay que mencionar el Herodium, Massada y el Maqueronte) sin contar los palacios de Jericó y muchos otros edificios tanto dentro como fuera de su reino.

Esas obras le suscitaron la estima de la población griega del reino, pero escandalizaban a los judíos piadosos. Al igual que en tiempos de Antíoco IV, esos teatros, gimnasios, hipódromos y otros edificios públicos, eran, a sus ojos, otros tantos trampolines para el ascenso de un paganismo al que hacían cada vez más patente los diversos templos construidos aquí y acullá por Herodes.

En este reino de Herodes Magno se ubica, dos años antes más o menos de su muerte, un acontecimiento del cual no habló ningún medio publicitario de la época, tan insignificante era a los ojos de los hombres: en un humilde pueblecito de Judea, María dio a luz al que había concebido del Espíritu Santo, Jesús, Hijo de Dios, Salvador. Así se cumplía plenamente la promesa hecha a Abrahán, recordada por los Profetas y conservada por los humildes de Israel a lo largo de una historia a la vez rica y dramática.

En menos de diez años, Augusto había hecho pasar el mundo romano de la república al imperio. Toda la cuenca del Mediterráneo y numerosos territorios más alejados de sus costas se encontraban desde entonces sometidos a la autoridad de Roma: la Palestina no escapó a este destino.

La comunidad judía había visto sus privilegios en materia religiosa confirmados por César: Roma garantizaba a los judíos la libertad de culto en el Templo de Jerusalén; de igual modo extendía esa tolerancia a la liturgia sinagogal para toda la diáspora. Pero se había acentuado la separación entre los judíos que, como los fariseos y esenios, sólo reclamaban la libertad de culto - lo que Roma les había concedido - y los que no cesaban de reivindicar igualmente la independencia política.

La herencia repartida

Poco antes de su muerte, Herodes dividió su reino entre los dos hijos de Maltaqué y Filipo, nacido de una quinta esposa. En cuanto murió, Arquelao, hijo de Maltaqué, se creyó en posesión de la corona antes incluso de que el testamento de su padre fuese ratificado por Roma; por eso mismo desencadenó una reacción de increíble violencia. Palestina se vio sumida en la confusión más espantosa y presa de bandas rivales.

Ya que todo dependía de la buena voluntad de Augusto, los presuntos herederos se embarcaron, cada uno por su lado, para ir a pleitear su causa en Roma. Pero los judíos piadosos, entre los cuales los fariseos ejercían una gran influencia, no querían ya más esa dinastía real con una conducta tan escandalosa; anhelaban reponer un estado sacerdotal bajo la autoridad de un sumo sacerdote digno de ese nombre; esos judíos se embarcaron también para hacerse oír de Augusto, después de haber solicitado el apoyo de la importante colonia judía de Roma.

La repartición y sus consecuencias

Privado de repente de sus autoridades políticas y de sus sabios, el país experimentó tales perturbaciones que Quintilio Varo, legado de Siria tuvo que intervenir con las tropas de Antioquía. La represión exacerbó los ánimos de la población judía en contra de los Romanos y fue entonces cuando el ala dura del partido de los fariseos, los Zelotes, eligió el camino de la violencia.

Los tres hermanos regresaron; Augusto ratificó las disposiciones del padre, pero con algún descuento. Le negó a Arquelao el título de rey, sólo sería etnarca de Judea, de Samaria y de Idumea; Herodes Antipas pasaba a ser tetrarca de Galilea y Perea; y Filipo, tetrarca de Gaulanítides, de Batanea y de Traconítides, territorios situados al este del Jordán.

Judea sometida a los procuradores

Digno heredero de su padre, Arquelao gobernó con tanta brutalidad que se echó encima a una gran parte de la población. De nuevo acudieron a Roma para librarse del déspota; Augusto depuso a Arquelao que fue desterrado a Galia. Su territorio perdió el rango de reino aliado y fue anexado a la provincia de Siria, administrado sin embargo de manera autónoma por un prefecto puesto bajo el control del legado de provincia, que tenía su sede en Antioquía de Siria. El prefecto percibía los impuestos y comandaba las tropas auxiliares reclutadas en el lugar; sólo él tenía la facultad de mandar ejecutar las sentencias capitales, incluso las pronunciadas por el sanedrín. Porque el sanedrín continuaba administrando justicia según su derecho particular, y dirigiendo los asuntos religiosos; la única ingerencia de Roma en este terreno consistía en la nominación del sumo sacerdote por el prefecto. La comunidad de Jerusalén conservaba su libertad de culto bajo la vigilancia de la guarnición romana instalada en la fortaleza Antonia. Por un privilegio insigne, se hallaba exenta de participar en el culto imperial y de hacer el servicio militar.

Durante los años que siguieron a la deposición de Arquelao, la población judía de Judea tuvo motivos de más para quejarse del gobierno de Roma. Poncio Pilato en particular, que se hizo cargo de Judea del 26 al 36, dio muchos ejemplos de brutalidad y de menosprecio. Igualmente brutal con los samaritanos, fue llamado a Roma para dar cuentas de su gestión y no reapareció más; parece que se suicidó… o lo invitaron a hacerlo.

Filipo

El tetrarca Filipo (que no debe confundirse con el Filipo, o Herodes-Filipo de Mt 14,3 y Mc 6,7: véase el párrafo siguiente) construyó en el curso superior del Jordán una ciudad a la que dio el nombre de Cesarea (es la Cesarea de Filipo), y otra en Gaulanítides a la que llamó Tiberíades, así como tercera en Perea, a la que nominó Julíada; así honraba simultáneamente a Tiberio y a Julia, hija de Augusto, con la que se había casado Tiberio. El mismo se casó con Salomé, hija de Herodíades, y dejó el recuerdo de un reinado apacible. Murió sin herederos el 34, y su tetrarcado fue anexado a la provincia de Siria.

Aunque, durante el período real varios de esos territorios estuvieron sometidos a Salomón y luego a los reyes de Samaria, la mayoría de sus habitantes eran paganos. Seguían pues de lejos los acontecimientos de Palestina.

Herodes Antipas

El tetrarca se instaló en un primer momento en Séforis, la capital de Galilea. El estado en que la represión de Varo había dejado a la ciudad, después de la rebelión que siguió a la muerte de Herodes Magno, lo movió a darse una nueva capital. Mandó edificar en la ribera occidental del lago un palacio en cuyo derredor iba a construirse Tiberíades, nombre elegido en homenaje al nuevo emperador.

Todo parecía augurarle a Antipas un reinado sin historia. Pero tenía un medio hermano, Herodes-Filipo, que se había casado con su prima Herodíades. Prudente en esos tiempos difíciles, ese Filipo permanecía al margen de la vida política. Pero la mujer, ambiciosa intrigante, no aceptaba vivir con un hombre sin ambiciones. Actuó pues tan bien que Antipas, que también era su primo, repudió a su mujer para casarse con ella. La princesa desposeída era hija del rey Aretas de Nabatea; furioso, el suegro se puso en campaña e infligió a su yerno una derrota que se habría transformado en catástrofe sin la intervención de Vitelio, legado de Siria (36).

La nueva reina, descontenta de ver a Herodes sólo como tetrarca, quería para él la corona real. Intrigó por eso ante el emperador Calígula (37-41), pero el romano tenía reservado ese honor para un amigo más querido, Herodes Agripa I; irritado Calígula, depuso a Antipas (39) y lo mandó desterrado junto con Herodíades.

Agripa

El emperador Calígula había ya manifestado sus favores a Herodes Agripa, nieto de Herodes Magno y de Mariamne, nombrándolo rey de la antigua tetrarquía de Filipo (37). El 39, agregó a su reino la tetrarquía de Galilea quitada a Antipas, y cuando el 41 Claudio sucedió a Calígula que acababa de ser asesinado, Agripa recibió además del nuevo emperador el antiguo territorio de Arquelao, es decir, Judea, Samaria e Idumea. Durante su breve reinado, próspero y sereno, supo aliar su gusto por el helenismo con el respeto por el judaísmo.

De ese modo el reino de Herodes Magno se había reunificado bajo la corona de uno d e sus nietos; pero sólo fue por un corto período. Cuando murió Agripa en el 44, Claudio puso como pretexto que su hijo era muy joven para quitarle el reino y ponerlo bajo la autoridad de los procuradores.

Crecimiento de la Iglesia

El libro de los Hechos de los apóstoles atribuye la dispersión de los cristianos en Judea y en Samaria a la persecución y al martirio de Esteban. La nueva persecución, que estalla más o menos diez años después y de la cual Santiago será la primera víctima, da un nuevo empuje al movimiento misionero de la Iglesia primitiva, la que descubre, a lo largo de la persecución, la originalidad y la riqueza de su fe en Jesucristo Hijo de Dios Salvador.

Durante esos años, Saulo, discípulo del gran rabino Gamaliel, descubre, a la luz del Resucitado que se le revela en el “camino de Damasco”, el sentido último de la vocación de Israel, la que expresa fuertemente en la carta a los Efesios: “En él fuimos elegidos; Aquél que actúa en todo según su libre voluntad había decidido en efecto ponernos aparte. Nosotros debíamos llevar esa espera del Mesías, para que de allí resultara al final la alabanza de su gloria” (Ef 1,11-12).

Desde entonces, Pablo lleva ese mensaje de salvación “hasta los confines de la tierra”. Sube a Antioquía de Siria, capital entonces de la provincia romana de Asia, una ciudad muy populosa – tenía alrededor de 500.000 habitantes –, una ciudad cosmopolita donde había surgido muy pronto una comunidad cristiana, en la que los creyentes de origen pagano eran más numerosos que los provenientes del judaísmo. La presencia de Bernabé, enviado por la iglesia de Jerusalén, confiere a la comunidad de Antioquía su autenticidad. Luego de pasar un año en Antioquía, Pablo junto con Bernabé parte rumbo a Chipre y de allí se dirige a Asia – es decir a Asia Menor con sus diversas provincias.

Pablo recorre el territorio de este a oeste en tres ocasiones, prolongando dos veces su viaje misionero hasta Grecia.

Todo eso se lleva a cabo entre los años 46 y 58, bajo los reinados de Claudio y de Nerón.

Detenido en Jerusalén, Pablo es conducido ante el procurador romano en Cesarea marítima, y después de haber apelado al emperador, en virtud de su calidad de ciudadano romano, llega a Roma, como prisionero, en el año 63.

A lo largo de esta larga ruta que lo conduce hasta Roma, Pablo evangeliza y funda comunidades cristianas con las cuales mantiene el contacto pastoral mediante notables escritos de fe, de rigor de pensamiento y de presencia en sus problemas cotidianos; estas son las “epístolas de Pablo”.

Conscientes de la importancia del testimonio de Jesús de Nazaret, que es el único que puede revelar al Padre de verdad, los responsables de la Iglesia van a fijar, probablemente por etapas, ese “testimonio”. Cuatro autores, de los cuales dos son apóstoles, Mateo y Juan, y dos discípulos, Marcos y Lucas, dejarán a la Iglesia cuatro evangelios que antes de fines del primer siglo serán reunidos junto con las cartas de Pablo y otros escritos apostólicos, entre los cuales el Apocalipsis, para constituir lo que más tarde se llamará el Nuevo Testamento.