El imperio romano

Desde hacía algunos años el imperio romano en plena expansión había puesto su pie en el Medio Oriente. Pero en ese momento, en Roma, se manifestaban rivalidades de poder que iban a llevar a la República a su fin (88-82).

De nuevo el Oriente amenazaba a Roma: los bárbaros tracios se infiltraban en Macedonia; en las fronteras de Bitinia, Mitrídates se agitaba nuevamente con ayuda de su yerno, el rey de Armenia; por último los piratas instalados en la costa sur del Asia Menor interceptaban los navíos cargados de trigo de Egipto para el aprovisionamiento de la capital. Pompeyo, un general ambicioso, era el más indicado para hacer frente a ese triple peligro, pero reclamaba el alto mando de la marina y de las tropas de tierra hasta 70 kms. al interior de la costa. Al fin tuvieron que ceder a sus exigencias y Pompeyo partió con 500 navíos y con 20 legiones bajo su mando.

Pompeyo en Oriente

En menos de tres meses Pompeyo acabó con las correrías de los piratas y destruyó sus ciudades de refugio; reorganizó luego esa región de la cual hizo la provincia de Cilicia (67). Luego venció a Mitrídates y transformó su reino en provincia romana del Ponto. El imperio seléucida en decadencia era una presa fácil para los partos; si lograban adueñarse del corredor sirio-palestino, esos enemigos tradicionales de Roma tendrían una puerta abierta al Mediterráneo y cortarían la ruta terrestre que unía el Egipto con las provincias romanas de Asia Menor.

Pompeyo, pues, se dirigió a Siria y la convirtió en una provincia romana. Prosiguió luego su camino a Jerusalén: Antipater, Hircano II y Aretas de Nabatea por un lado, y Aristóbulo por otro, llegaron a pedirle su arbitraje. Como Pompeyo tardase en pronunciarse, Aristóbulo se le adelantó y se apoderó de Jerusalén, en donde se encerró. Inmediatamente Pompeyo ordenó a Aretas que regresara a su Nabatea, luego marchó a Jerusalén donde estaban atrincherados Aristóbulo y sus hombres. Al cabo de tres meses de sitio se apoderó de la ciudad; eso fue una carnicería. Pompeyo se paseó por el templo como un turista y hasta se permitió entrar en el Santo de los Santos. Al igual que, en los días de Nabucodonosor, la destrucción del santuario había sido vista como el castigo por las infidelidades de Israel, esta vez también los hombres piadosos de Jerusalén pensaron en un castigo divino que sancionaba el comportamiento escandaloso de los sumos sacerdotes asmoneos.

Una redistribución de las cartas

Pompeyo reorganizó la región: confirmó a Hircano en su cargo de sumo sacerdote, pero limitó su autoridad a Judea, Galilea, y Perea en la Transjordania. Le quitó las ciudades de la llanura costera que fueron puestas en adelante bajo la autoridad directa del poder provincial, le concedió la autonomía jurídica a Samaria , y reunió en una misma confederación a las ciudades de Abila, Kanata, Hipos, Gadara, Dión, Pella, Amatonte, Gerasa, Filadelfia y Escitópolis (la única situada en Cisjordania): esa confederación de diez ciudades libres tomó el nombre de Decápolis (Mc 5,20). Pompeyo regresó a Roma el año 61, precedido por Aristóbulo y sus dos hijos a los que había enviado como rehenes.

Cuatro años más tarde, Gabinio, procurador de Siria, dividió los territorios confiados a Hircano en cinco distritos que puso bajo la autoridad directa de la provincia. Seforis fue entonces erigida como la ciudad principal del distrito de Galilea.

Entre Pompeyo y César, Antonio y Octavio

De regreso del Oriente en Roma, Pompeyo celebró su triunfo con un esplendor nunca visto. Fue entonces cuando César regresó de España. Como los conflictos no cesaban y la ciudad estaba al borde de una guerra civil, los dos hombres se aliaron a Creso, un hombre muy rico, para formar el primer triunvirato y salvar así a la República. Mientras Pompeyo restablecía el orden en la capital, César fue llamado a Galia; permaneció allí ocho años. Cuando regresó a Roma, el triunvirato saltó hecho pedazos y la guerra civil se reinició, esta vez entre él y Pompeyo. Este último trató de buscar refugio en Oriente donde tenía sus partidarios. Hircano y su fiel Antipater se mantuvieron de su parte, pero al día siguiente de la batalla de Farsalia (48), cuando Pompeyo vencido huyó a Egipto donde por último fue asesinado, supieron cambiarse de campo y entregaron su apoyo a César en su campaña de Egipto.

César se mostró reconocido; le concedió importantes privilegios a la comunidad judía, dio a Hircano el título de etnarca y aliado de los romanos, y nombró a Antipater procurador de Judea. Este dejó el gobierno a su hijo Fasael, mientras que a su otro hijo, el futuro Herodes Magno se le confió Galilea.

Un nuevo cambio de frente

El asesinato de César el año 44 cambió la coyuntura. En un primer momento Antonio y Octavio se unieron para quitarle el Oriente a los asesinos de César.

Luego de la batalla de Filipos en donde Antonio y Octavio habían sido victoriosos se habían repartido el mundo romano: Octavio tomó Italia y España; Antonio recibió toda Galia y se adjudicó el Oriente. Pero entonces los Partos invadieron la provincia de Siria (40); Antígono, hijo de Aristóbulo II, abrazó su causa, pues quería vengar a su padre y tomarse su revancha de Hircano II. Los partos hicieron prisionero a Hircano y se lo entregaron a Antígono quien le cortó las orejas; la mutilación le hizo perder su cargo de su sumo sacerdote (Lev 21,21) Antígono se lo atribuyó y lo conservó hasta el año 37.

Ante la invasión parta, Herodes buscó refugio en Roma. Pronto se ganó allí la estima de Antonio y de Octavio, y maniobró con tal habilidad que fue nombrado por el senado rey de los judíos; pero por ese entonces tal reino estaba en manos de los partos. Con el apoyo de Antonio, Herodes logró reconquistar su reino. Pero, mientras tanto, Octavio y Antonio se habían convertido en enemigos. La derrota de Antonio y de Cleaopatra en la batalla de Actium (31) dejó a Octavio dueño de la situación.

Deseoso de restablecer el orden y la paz, Octavio aceptó la sumisión de los partidarios de Antonio que volvieron donde él: Herodes fue uno de ellos y en una escena grandilocuente fue a pedir perdón públicamente, tirando al suelo una corona que, según él, ya no era digno de llevar. Al final regresó coronado por el mismo Octavio. Herodes recibió además Jericó y las ciudades de la llanura costera, que Antonio había cedido a la reina de Egipto.

Roma: hacia el poder absoluto

La sociedad romana estaba cansada de la crisis política y social que la minaba y la mayoría aguardaba que surgiera por fin el hombre que pusiera término al caos. Octavio no descuidó nada para asumir tal responsabilidad; pero avanzó con pasos felinos, casi haciéndose de rogar para aceptar honores y poderes que se le conferían.

En el 43 Octavio es proclamado Imperator por sus legiones después de su victoria sobre Antonio; el 29 es proclamado Salvador del estado ; el 28 se le concede el título de Princeps senatus lo que le otorga el derecho de ser el primero en tomar la palabra en el Senado; el 16 de enero del 27 un decreto le confiere el título de Augusto (es decir, Divino ), que llevará en adelante como apellido.

Octavio se siente predestinado: es sobrino del Divino Julio (Julio César) y su madre, según algunos, desciende de la diosa Venus por el lado de su padre. Está, pues, capacitado para recibir dignidades sacerdotales y es elegido Pontifex Maximus el 12 a.C.

La reforma de Augusto

Antes que efectuar nuevas conquistas Augusto prefirió fortalecer las fronteras y pacificar las provincias. En el marco de una amplia reforma, retiró de la autoridad del Senado a las provincias difíciles de gobernar o de anexión más reciente; éstas serían gobernadas por un legado que dependería del emperador. Ese sería un día el caso de Siria-Judea. El legado era asistido por un procurador para los asuntos financieros y fiscales.

Además de las provincias, Roma controla “reinos aliados”, en los cuales el emperador pone y depone a los reyes según su talante y se reserva el derecho de intervenir cuando los intereses o la seguridad del imperio lo requieren. El reino de Herodes Magno goza de este último status.