 Habiendo sido asesinado Simón por su yerno, y con él dos de sus hijos, el tercero, Juan, logró escapar a los asesinos (1Mac 16,21) y el sistema dinástico funcionó: Juan subió al trono bajo el nombre de Juan Hircano I.
En 138, un nuevo soberano, Antíoco VII Evergetes, subió al trono de Siria. A pesar de los tratados y garantías firmados por sus predecesores, invadió Judea y puso sitio a Jerusalén donde se había refugiado Hircano. Como Antíoco no estaba en condiciones de apoderarse de la ciudad, se llegó a un acuerdo. Poco después, Antíoco moría en una expedición contra los partos (128) y Juan Hircano pudo continuar con la política de conquistas.
El hijo de Simón se volvió primero a la Transjordania en donde se apoderó de varias ciudades; atravesando de nuevo el Jordán, aniquiló a Siquem; el templo de Garizim fue arrasado y el país puesto a la fuerza en el camino de la observancia de la Ley. La oposición sin embargo continuó, por lo que Samaria, la capital de la región, fue devastada en 107. Durante ese tiempo, al sur de Palestina, la Idumea, fue también conquistado y sus habitantes obligados a circuncidarse. Juan Hircano se apoderó también de Jamnia, Azotos, y sus alrededores, ensanchando así su ventana al Mediterráneo. La ayuda de Roma le permitió mantener conquistas e independencia.
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