 Nehemías y Esdras desempeñaron un papel decisivo en la comunidad de los repatriados de Babilonia. Hicieron de Jerusalén y de sus alrededores, en donde se habían reagrupado, un estado sacerdotal centrado en el Templo. Lo que pasó a ser poco a poco por el trabajo de los escribas la Tora de los judíos, nuestro Pentateuco, se impuso como ley. Las nuevas circunstancias nacidas de las conmociones políticas y sociales de hacía más de un siglo exigían adaptación o modificación de las leyes, pero siempre con el debido respeto a la tradición mosaica: Israel era el pueblo que Dios se había escogido entre todos, un pueblo del cual Yavé era el Dios “único y celoso”.
Al lado de los sacerdotes que regentaban el templo, los escribas, especialistas en la Ley, pasaron a ocupar un puesto cada vez más importante: solamente la estricta observancia de las mil y una prescripciones religiosas podía poner a Israel, que había regresado a su tierra, a resguardo de los castigos divinos.
De ese modo la comunidad de Jerusalén, aunque sometida a la autoridad persa, se había ido enriqueciendo de instituciones y de una legislación que hacían de ella el centro y el faro de Israel; instituciones y legislación que debían asegurar la cohesión de un pueblo expandido, debido a las vicisitudes de la historia, en los cuatro rincones del imperio persa y a veces más allá de sus fronteras. Por eso, cuando Alejandro unos diez años después, trastornó el mapa geopolítico del Cercano Oriente, las cosas no cambiaron sustancialmente para los judíos, al menos en un primer momento.
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