En tiempos de los persas y de los macedonios.


El retorno y sus desilusiones

Los que regresaban de Babilonia dirigidos por Zorobabel, veían en este regreso a la tierra Prometida los primeros signos del cumplimiento de las palabras de los Profetas que habían anunciado el castigo de la deportación, pero también el juicio final de las naciones, instrumento de la cólera divina:

Así se ha expresado Yavé:
Por tu enorme culpa,
por tus numerosos pecados te he hecho esto.
Sin embargo, todos los que te devoran serán devorados,
todos tus opresores irán al destierro,
todos tus saqueadores serán saqueados,
y los que te desprecian pasarán a ser despreciados.
(Jer 30,12…16)

¿Por fin, habría llegado el tiempo de la restauración de Israel y de la conversión de todas las naciones de la tierra al Dios de Israel ? Sin embargo, he aquí que los hechos parecían desmentir todas las expectativas.

La reconstrucción del templo

Sesbasar había regresado con los repatriados, llevando los objetos de culto que habían sido robados antes por Nabucodonosor; también quiso reconstruir la Santa Morada (Esd 3,7). En ese momento los “habitantes del país”, aquellos que no habían conocido el exilio, se ofrecieron para cooperar con los repatriados. Pero éstos se negaron, manifestando claramente que se consideraban como los únicos herederos de las promesas divinas y de la tierra de Israel (Esd 4,1).

Los “habitantes del país”

Esa gente del país se había constituido a lo largo del tiempo a partir de las poblaciones vencidas por los asirios y babilonios, y que habían sido deportadas a Palestina. Seguramente comprendía una buena parte de la población judía que se había quedado en el país en el momento del destierro y se había mezclado con los recién llegados.

Entonces los espíritus y los corazones se cierran. Por todos los medios los “habitantes del país” tratan de poner obstáculos a la reconstrucción de un templo que, junto con ser signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, también es el instrumento de una política sectaria. Durante muchos años las quejas ante las autoridades persas y las interminables discusiones con los judíos retardaron los trabajos; sin embargo, bajo el impulso de los profetas Ageo y Zacarías, se reanudaron los trabajos y el Templo fue consagrado el 1º de abril de 515.

No por eso terminaron las dificultades. Éste fue el comienzo de relaciones cada vez más violentas entre los judíos que habían vuelto del exilio y los que pasarán a ser los “samaritanos”. En esos años un tránsfuga de la familia del sumo sacerdote de Jerusalén se establece en Samaria y levanta en el monte sagrado de aquella ciudad, el Garizim, un templo rival del de Jerusalén (Jn 4,20) del que será el sumo sacerdote.

El templo y los sacerdotes

Los judíos que habían vuelto de la cautividad siguiendo el edicto de Ciro se encontraron con que su tierra formaba ahora parte del imperio persa. La única autoridad existente era la del Gran Rey y desde ningún punto de vista era posible recuperar su identidad y su originalidad alrededor de algún poder político independiente. Desde entonces el templo pasó a ser mucho más que un símbolo de restauración; se convirtió en el centro y el corazón de la vida judía, y los sacerdotes que aseguraban y garantizaban el culto del Dios Unico comenzaron a ocupar un lugar prominente en la nación. El primer sacerdote del templo pasó a ser el personaje principal de la Comunidad y tomó el título de Sumo Sacerdote, mientras que el ritual del templo, la celebración de las fiestas y el estricto respeto por el calendario litúrgico constituían el marco fundamental que iba a preservar la originalidad de Israel en medio de las provincias del imperio. Fue entonces, con toda probabilidad, cuando el Libro del Levítico obtuvo su redacción definitiva, mientras que los Salmos, que estaban en el corazón de la liturgia de Israel, se hallaban agrupados, quizás a semejanza de los cinco libros de la Ley (Pentateuco), en cinco libros.

La oración de los Salmos

Los poemas y los cánticos religiosos no son una originalidad del pueblo de Israel, y las literaturas contemporáneas del Antiguo Testamento nos han dejado numerosos ejemplos de ellos tanto en Egipto como en Canaán e incluso Mesopotamia. No se puede dudar que desde la época de Salomón el salmo haya tenido un lugar privilegiado en la liturgia del templo, y la tradición quería que haya sido el mismo rey David quien fijó las reglas. Sin embargo, el trabajo que se realizaba en esos momentos bajo el impulso de los sacerdotes alrededor del templo reconstruido, iba a dar un nuevo desarrollo a esa forma de poesía. Es probable que los levitas encargados del canto y de la sinfonía, “hijos de Asaf” o “hijos de Yedutún”, tuvieron que ver mucho en su composición o en su selección. Con el tiempo, las recopilaciones se fueron llenando de oraciones personales o de lamentaciones colectivas, que se referían a tal o cual acontecimiento del pasado o a las pruebas por las que había pasado la comunidad de Jerusalén; los salmos alimentaban la fe y la piedad de Israel y tenían un lugar de privilegio en el ritual cotidiano del templo y en las celebraciones de las grandes fiestas anuales.

Nehemías levanta las murallas de Jerusalén

La reconstrucción del templo no se habría podido hacer sin la ayuda de los judíos que ocupaban en Babilonia altos puestos en la administración imperial; pero concluida esta primera obra, quedaba todavía mucho por hacer: la comunidad de los repatriados vivía en una gran decadencia. El peso de las dificultades cotidianas, la hostilidad de los “habitantes del país” hacia esa gente que había llegado recientemente y que parecía querer acaparar los puestos de mando en Judea, y a lo mejor también el sentimiento de sentirse abandonados por los que habían preferido quedarse en Babilonia, todo eso extinguió la llama que Ageo y Zacarías habían encendido: el libro de Malaquías es un buen ejemplo de la desidia general que se instaló en el país.

Ante este descalabro, Nehemías, copero en la corte de Artajerjes I, se pone en camino. Llegando a Jerusalén, decide reconstruir las murallas de la Ciudad Santa a pesar de las risas burlonas de sus opositores. El trabajo se efectúa en cincuenta y dos días, pero la recuperación moral es otro problema. Nehemías, como jefe, da el ejemplo de desinterés en el ejercicio de sus responsabilidades; exhorta a los ricos a condonar las deudas que contrajeron los pobres con ellos y a devolver lo que habían tomado en prenda, y por último amenaza severamente a los que contravengan esas sugerencias.

Persia cuenta con Esdras

La obra de Nehemías fue continuada en la generación siguiente por un sacerdote de nombre Esdras, que también había llegado de Babilonia. Su misión había sido respaldada por un decreto del rey: “Irás como delegado del rey y de sus siete consejeros para cuidar de que se observe en Judá y Jerusalén la Ley de Dios que está en tus manos… Cualquiera que no cumpla puntualmente la Ley de tu Dios y la Ley del rey será castigado severamente con muerte, expulsión, multa o cárcel” (Esd 7,6).

Las dificultades con que se topaba entonces Persia explican la extrema benevolencia del poder central para con aquella pobre provincia; pero la rebelión del sátrapa de Transeufratania (la provincia al oeste del Éufrates que incluía a la Palestina) por una parte y las incesantes tentativas de rebelión de Egipto por otra, exigían que se pudiese contar sin reserva con la fidelidad de la Judea, situada entre esos dos focos de insurrección.

La solemne lectura de la Ley

Seguro del apoyo real, Esdras trató de reorganizar la vida de la Comunidad alrededor de la Ley de Yavé. Entonces tiene lugar la gran celebración que se lee en Nehemías 8.

Para restablecer la pureza del “pueblo de Dios” en medio de un mosaico de pueblos transplantados venidos de los más diversos horizontes del Cercano Oriente y apegados, cada cual, a sus propias costumbres religiosas, se puso en vigor la antigua legislación mediante la cual los responsables del pueblo habían protegido anteriormente a Israel de la contaminación de los cananeos: No te emparentarás con esas naciones dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos (Dt 7,3-4).

Con las invasiones y la cautividad se había dejado de lado esa prescripción, y los matrimonios con extranjeros habían pasado a ser una cosa corriente; esa negligencia alcanzaba a todas las clases sociales. Esdras establece que la familia será necesariamente judía (Esd 9,1—10,5).

El caso de las extranjeras

Para restablecer la pureza del “pueblo de Dios” en medio de un mosaico de pueblos transplantados venidos de los más diversos horizontes del Cercano Oriente y apegados, cada cual, a sus propias costumbres religiosas, se puso en vigor la antigua legislación mediante la cual los responsables del pueblo habían protegido anteriormente a Israel de la contaminación de los cananeos: No te emparentarás con esas naciones dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos (Dt 7,3-4).

Con las invasiones y la cautividad se había dejado de lado esa prescripción, y los matrimonios con extranjeros habían pasado a ser una cosa corriente; esa negligencia alcanzaba a todas las clases sociales. Esdras establece que la familia será necesariamente judía (Esd 9,1—10,5).

El libro de Rut

Esta intrensigencia de la Ley no impedía, sin embargo, los contactos diarios con los extranjeros: los diferentes intercambios de poblaciones que habían acompañado las grandes invasiones habían hecho de la Palestina una verdadero mosaico de pueblos. Por supuesto, el tiempo del Cautividad no había favorecido la estima de los extranjeros en los que regresaban por fin a la tierra de sus antepasados después de tantos años de servidumbre. Las dificultades encontradas con los “habitantes del país” durante la reconstrucción del templo habían exacerbado las reacciones hostiles; pero con el tiempo, el rencor desaparecía poco a poco y la estima reemplazaba el desprecio. Un eco de ello se encuentra en el libro de Rut escrito en dicha época.

Los Doctores de la Ley

Nehemías y Esdras desempeñaron un papel decisivo en la comunidad de los repatriados de Babilonia. Hicieron de Jerusalén y de sus alrededores, en donde se habían reagrupado, un estado sacerdotal centrado en el Templo. Lo que pasó a ser poco a poco por el trabajo de los escribas la Tora de los judíos, nuestro Pentateuco, se impuso como ley. Las nuevas circunstancias nacidas de las conmociones políticas y sociales de hacía más de un siglo exigían adaptación o modificación de las leyes, pero siempre con el debido respeto a la tradición mosaica: Israel era el pueblo que Dios se había escogido entre todos, un pueblo del cual Yavé era el Dios “único y celoso”.

Al lado de los sacerdotes que regentaban el templo, los escribas, especialistas en la Ley, pasaron a ocupar un puesto cada vez más importante: solamente la estricta observancia de las mil y una prescripciones religiosas podía poner a Israel, que había regresado a su tierra, a resguardo de los castigos divinos.

De ese modo la comunidad de Jerusalén, aunque sometida a la autoridad persa, se había ido enriqueciendo de instituciones y de una legislación que hacían de ella el centro y el faro de Israel; instituciones y legislación que debían asegurar la cohesión de un pueblo expandido, debido a las vicisitudes de la historia, en los cuatro rincones del imperio persa y a veces más allá de sus fronteras. Por eso, cuando Alejandro unos diez años después, trastornó el mapa geopolítico del Cercano Oriente, las cosas no cambiaron sustancialmente para los judíos, al menos en un primer momento.