La cautividad y el regreso


Toma e incendio de Jerusalén

Las intrigas de los príncipes de Jerusalén sólo contribuyeron a atraer dos veces en diez años a los ejércitos caldeos: en 596 y en 587. La segunda vez la ciudad fue tomada, sus palacios arrasados y el Templo incendiado.

Los babilonios prosiguieron con la política asiria con respecto a los países vencidos: se trasladaban la flor y nata a otras provincias y se las reemplazaba por extranjeros para así hacer imposible una revuelta. Junto con las clases dirigentes fueron deportados los artesanos metalúrgicos. Las incesantes campañas de los reyes de Babilonia para mantener a raya a Egipto, someter a los fenicios de Tiro, controlar el corredor siriopalestino, contener a los Medos y los Persas en la meseta iraní, y castigar cualquier intento de rebelión, precisaban de un armamento renovado continuamente, en cuya fabricación participaban los artesanos deportados.

De ahí que la población campesina y el pueblo de las ciudades quedaran sin estructuras y desorientados. La eliminación de las elites judías le permitió a la fracción cananea del país levantar cabeza.

Babilonia la Grande

Retomando el proyecto de su padre Nabopolasar, Nabucodonosor quiso hacer de Babilonia la reina de las ciudades. El desarrollo económico fruto de una mejor administración y el aporte de las riquezas expoliadas dotaron a Nabucodonosor de los recursos necesarios. Trajeron cedros del Líbano para el nuevo palacio real; se prosiguió con el arreglo y la decoración de la vía sagrada; los templos restaurados fueron adornados con ladrillos barnizados y su mobiliario enriquecido con oro y piedras preciosas; una de las siete maravillas del mundo registradas por Estrabón, los famosos jardines colgantes, fueron diseñados y ejecutados por amor a la reina. Todos los talentos fueron movilizados para gloria de Babilonia, y muchos de los hijos de Israel aportaron sin duda, de buen o mal talante, su concurso a esa gigantesca empresa.

Muchos de ellos habían emigrado al extranjero antes del Exilio. Se quedaron en los países a donde habían llegado: Egipto o Persia. Otros que habían sido desterrados, lograron ayudándose entre sí salir de su situación miserable: algunos llegaron a ocupar los puestos más importantes de la administración real, mientras que otros, como la familia de los Egibi, contribuyeron al desarrollo del sistema bancario desde el reinado de Nabónida. Los libros atribuidos ficticiamente a Daniel, Tobías y a Ester, aunque escritos algunos siglos más tarde, no nos engañan cuando describen esa ascensión.

Una prueba y un desafío

El cautiverio debió durar oficialmente alrededor de cincuenta y seis años. Fue un tiempo privilegiado para la maduración de la fe de Israel. Entre los deportados en Babilonia se encontraba el profeta Ezequiel, quien anunció que los cautivos convertidos por la prueba volverían al país y reconstruirían la nación en la justicia. Una carta dirigida por Jeremías a los judíos desterrados en Caldea indica tanto la duración de la prueba como la salida que Dios le iba a dar.

Así habla Yavé, Dios de Israel, a todos los judíos que ha desterrado de Jerusalén a Babilonia:

“Edifiquen casas y habítenlas; planten árboles y coman sus frutos; cásense y tengan hijos e hijas. Casen a sus hijos y a sus hijas para que se multipliquen y no disminuyan. Preocúpense por la prosperidad del país donde los he desterrado y rueguen por él a Yavé; porque la prosperidad de este país será la de ustedes.” (Jer 29,4-9).

La comunidad judía se organiza

Al revés de los que habían sido deportados por los asirios después de la caída de Samaria, en 721, o de los que se habían refugiado en Egipto ante la amenaza caldea, los israelitas que habían sido llevados a Babilonia supieron conservar y profundizar su patrimonio espiritual y su originalidad en medio de las naciones paganas; varias razones se pueden esgrimir para explicar esa fidelidad.

Hoy día parece evidente que cuando partieron a Babilonia, ya habían sido redactados una parte de la Torá y los oráculos proféticos; los exiliados no se fueron pues con las manos vacías y los escritos que llevaban les sirvieron para estructurar su fe. Por otra parte, quienes encabezaban a los desterrados eran la flor y nata del país; más instruidos, mejor preparados para organizarse. Esos judíos, privados del templo y su culto, supieron cerrar filas en torno a la Ley y los escritos proféticos, dando así inicio a un movimiento que iba a expandirse después del regreso, cuando la sinagoga pasara a ser la célula básica de la sociedad judía. Por último, los animaba una profunda convicción: ¿no eran ellos acaso el pequeño Resto que había sobrevivido al desastre y al que Dios confiaba ahora la responsabilidad de mantener contra viento y marea la esperanza de Israel?

La salvación viene de los persas

El rey Nabónida, hijo de Nabudoconosor, se dejó llevar por sus caprichos de coleccionista, llegando hasta saquear los templos malquistándose así con su propio pueblo. Tuvo sin embargo la suficiente lucidez para captar el peligro que representaba a sus espaldas el imperio de los medos. No dudó pues en favorecer la rebelión de Ciro, rey de los Persas y vasallo de los medos. Al cabo de varios años de rebelión (556-550), el joven príncipe venció a Astiages, rey de los medos. Preocupado por su éxito, Creso rey de Lidia, célebre por su fabulosa riqueza, cometió el error de atacar a Ciro. Sufrió una gran derrota y tuvo que entregar su reino al persa. Con algunas nuevas victorias al este de su reino, Ciro tuvo en su mano el Asia Menor y la totalidad de la meseta iraní. Los judíos desterrados en Babilonia percibieron en esos trastornos políticos una señal anticipada de su liberación: el fin del imperio babilonio estaba próximo.

Uno de los generales de Ciro venció a los ejércitos de Nabónida el año 539 (el rey mismo pereció en la batalla) y el nuevo amo del Cercano Oriente hizo su entrada victoriosa en Babilonia, siendo aclamado por el clero de Marduk y los babilonios que habían soportado hasta entonces el yugo del vencido.

Ciro adopta una nueva política

Ciro se negó a continuar con la política asiria y babilonia de desplazamientos de población: comprendía que para mantener la paz en su vasto imperio, era importante respetar la lengua, la religión y las tradiciones de los pueblos vencidos. Los textos oficiales fueron a partir de entonces trilingües y una de las lenguas era la de los habitantes de la provincia; para los antiguos reinos de Siria-Palestina, el arameo fue rápidamente oficializado por la administración, lo que le valió una atención completamente nueva: se definieron las formas gramaticales y la ortografía y así pasó a ser lo que después debía llamarse “el arameo del Imperio”.

Ciro ordena la reconstrucción del templo

En el terreno religioso, la política de Ciro fue diametralmente opuesta a la de los babilonios, cuyas destrucciones de templos y profanaciones habían despertado la cólera de los pueblos sometidos. Ya en el primer año de su reinado, el Gran Rey ordenó, por el edicto de Ecbatana, la reconstrucción del templo de Jerusalén (Esd 6,3).