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Puede uno extrañarse de que ese pequeño mundo, cananeos, israelitas y filisteos, sin contar a los amalecitas, madianitas y otras tribus más o menos nómadas, hayan podido, durante ese tiempo, aliarse, enfrentarse y arreglar sus problemas sin suscitar la menor reacción de las grandes potencias de la época. Es que estaban muy debilitadas. La vigésima dinastía termina lamentablemente en Egipto con el reino de Ramsés XI, quien ve a su primer ministro, el sumo sacerdote de Amón, arrebatarle el trono y gobernar en el Alto Egipto, mientras que en el Bajo Egipto un hijo del vencido faraón, Smendes, hace de Tanis su capital. En Mesopotamia, las cosas no van mucho mejor. Desde comienzos del siglo undécimo, asirios, babilonios y elamitas han ido agotando sus fuerzas por imponer su supremacía. Estando fuera de carrera Egipto y Mesopotamia ¿podía todavía esperarse alguna intervención venida del norte?
El imperio hitita, que en el siglo 13 había inquietado un tiempo al gran Ramsés, había sufrido en el siglo siguiente incursiones extranjeras, y ahora tracios, frigios y armenios se empeñaban en despedazarlo. En tales circunstancias los pequeños estados del Cercano Oriente podían llevar a cabo sus proyectos sin verse molestados por los grandes. 
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