El tiempo de los patriarcas


Palestina en el tercer milenio

El desarrollo de la agricultura y la domesticación de animales que había comenzado a fines del cuarto milenio trajo consigo un aumento de la población. Se multiplican las ciudades en Palestina central y Palestina del norte; en el sur, en el Negueb, encontramos en Tel Arad, al norte de Berseba, una ciudad que tuvo entre 2.900 y 2.650 a.C. dos fases de ocupación brillantes.

Las relaciones comerciales se extienden fuera del país, las minas de la Araba de las cuales se extraía el cobre en los siglos anteriores son abandonadas porque ese metal es ahora importado. En cambio, el aceite de oliva de Palestina se vende en Egipto. Dentro de las ciudades la vida se organiza, y se produce una diferenciación de labores: las ciudades tienen sus templos y sus palacios. Si bien se ha logrado la unidad étnica y lingüística de Siria meridional y de Palestina, esa región continúa sin embargo parcelada en numerosos pequeños estados que se enfrentan con frecuencia.

Parece que a partir de la tercera dinastía egipcia (hacia el 2.700), los faraones tuvieron que actuar con autoridad con aquellos a los que los textos egipcios llamaban los “asiáticos”. Y así es como el Antiguo Imperio de Egipto, en un último esfuerzo antes de su derrumbamiento, lanzó bajo el reinado de Pepi I varias expediciones punitivas a Palestina que tuvieron como resultados el desmantelamiento y la ruina de numerosas ciudades fortalezas cuyo creciente poder inquietaba a Egipto; eso ocurría alrededor del 2.250 a.C.

La presión irresistible de los nómadas

Las intervenciones de Egipto en Palestina no bastan para explicar la ruina de la civilización que se había allí desarrollado durante la mayor parte del tercer milenio, sino que además todo el Cercano Oriente experimentó un período de graves convulsiones entre el 2.200 y 1.900 a.C. Tanto en Mesopotamia como en Egipto, el poder y sus instituciones son barridos: en realidad diferentes son las causas según los países, pero el origen común de esas crisis políticas se debe a la presión irresistible de los nómadas del desierto sirio, conocidos bajo el nombre de mar'tu en las epopeyas sumerias, y de amurru en los textos acadios: son los amorreos. Vilipendiados por los escritos de esa época como seres incultos y despreciables, que desconocían la agricultura y la vida urbana, lograron sin embargo imponerse a los viejos estados del Cercano Oriente. Poco a poco fueron ocupando sus lugares; adoptaron sus formas de vida ciudadana y, algunos siglos después, ascendieron a los tronos de varios reinos de Mesopotamia.

Es dentro de este marco de movimientos de los nómadas hacia la franja de territorios cultivables donde hay que situar la migración de Abram llegado de Harrán, o quizás de más lejos aún, de Ur, a la Tierra prometida. Estudios muy precisos demuestran que los nombres de Abram, Isaac y Jacob eran de origen amorreo, y permiten ubicarlos aproximadamente a comienzos del segundo milenio a.C. El texto del Deuteronomio (26,5) que habla de Abram como de un “arameo vagabundo” es un anacronismo, al menos en su formulación. El redactor, que vivió en el primer milenio a. C., recibió sin duda la tradición referente al origen sirio y nómada de esos grandes antepasados, pero en los momentos en que escribía, los nómadas que recorrían esa región del Cercano Oriente eran llamados en los textos con el nombre de arameos; por eso adoptó la expresión que estaba en uso. Pero los mismos textos bíblicos atestiguan que durante más de un milenio se ejerció de manera permanente sobre las fronteras de los estados de la Fértil Medialuna el embate de los nómadas del desierto sirio. Sólo tuvo consecuencias allí donde el poder en ejercicio era demasiado débil para resistirle.

Una edad de oro en Palestina

Mientras Mesopotamia y Siria del norte se veían afectadas por movimientos de poblaciones que venían de regiones de más al norte, Palestina en cambio, en donde los amorreos se habían ya integrado al viejo fondo de población local, conoció una era de gran prosperidad. Después de un eclipse de dos a tres siglos, las ciudades fueron reconstruidas, y se levantaron nuevas fortificaciones. Desde la antigua Ugarit en Siria hasta el sur de Palestina central se desarrolló entonces una notable civilización de la cual dan testimonio la calidad excepcional de su cerámica y los progresos de la metalurgia del bronce. Se trabaja el oro y la piedra con una gran habilidad, pero tanto en eso como en la ebanistería se hace evidente la influencia de los modelos egipcios.

Los Hicsos

Según toda probabilidad esta región en pleno desarrollo fue el lugar del que salieron los Hicsos, unos jefes militares que se abalanzaron sobre Egipto durante el siglo 18 a.C., fundando allí dinastías extranjeras en el delta y en el curso medio del Nilo. En los textos egipcios el vocabulario empleado para referirse a esos invasores era el que se utilizaba desde hacía siglos para designar a los habitantes de Siria y Palestina.

Pero el nombre que llegó hasta nosotros es el de Hicsos. Nos ha sido legado por Manetón, un sacerdote del santuario de Heliópolis, que escribió las Crónicas de los Faraones alrededor del año 300.

Durante los dos siglos en que los Hicsos se sentaron en el trono del Bajo Egipto, los movimientos de los nómadas de Palestina hacia el delta del Nilo se vieron probablemente facilitados: “los habitantes de las arenas”, la “gente del Retenu”, para usar las expresiones egipcias, aparecían como menos sospechosos a una administración faraónica al servicio de extranjeros. La migración de Abrahán a Egipto y la promoción de José en el país del Nilo guardan de alguna manera el recuerdo de esos acontecimientos. En esos relatos populares, leídos y releídos a lo largo de los siglos, en contextos culturales a veces muy distintos, la Biblia nos transmite un eco de la situación de los nómadas del Cercano Oriente durante el segundo milenio, y es allí donde tiene sus orígenes el Pueblo que Dios llamó a la Alianza.

Una relectura

Sólo en el curso del primer milenio a.C. fueron puestas por escrito las tradiciones relativas a los Patriarcas. Pero para ese entonces la experiencia espiritual de Israel había ya progresado: el tiempo en el desierto, las hostilidades con Canaán, los comienzos de la monarquía fueron otros tantos lugares donde Dios hablaba por sus Profetas. La mirada, pues, que se dio a los patriarcas, su historia y su vocación, durante este período real, estuvo profundamente influenciada por ese enriquecimiento espiritual. Es lo que se llama el fenómeno de “relectura”.

La promesa que juró a nuestros Padres

En esos relatos aparecen los Patriarcas en primer lugar como hombres llamados por Dios. En efecto, al llamado de Dios Abram deja su país; por una intervención divina Isaac ve el día, y en un sueño el Eterno le renueva a Jacob la promesa. Una certeza se advierte a lo largo de todos los relatos populares del Génesis: Dios eligió a nuestros padres y, en ese llamado, estaba prefigurado el llamado de todo el Pueblo. Los hizo depositarios y testigos de una promesa que sobrepasaba el tiempo y que hallaría su cumplimiento en la Encarnación del Hijo de Dios.

El pueblo de Israel proyecta sobre los Patriarcas la experiencia de la protección divina que ha experimentado a lo largo de su historia: Abrahán, Isaac y Jacob pasarán por muchas pruebas que parecerán obstaculizar el cumplimiento de la Promesa, pero en cada oportunidad Dios intervendrá en favor de sus fieles. Desde entonces se concretará entre Dios y los padres una relación privilegiada: fidelidad de Dios a su palabra y, de parte de los Patriarcas, confianza inquebrantable. Israel será invitado a ver en ellos, a lo largo de su camino, tanto las maravillas de Dios en favor de los que se ha elegido como el ejemplo de una fe indefectible.