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A veces uno se sorprende al comprobar el carácter feminista de los primeros cultos rendidos a la divinidad por los hombres de la prehistoria. Quizás olvidamos que el hombre en espera de la Revelación no tiene otra alternativa en su búsqueda religiosa que la de proyectar en el mundo divino las realidades que presencia diariamente.
En el Cercano Oriente al igual que en Europa las figuras femeninas ocupan el primer lugar entre las representaciones humanas, y todas ponen de manifiesto los atributos de la maternidad. En una sociedad en que el porvenir de los grupos humanos, poco numerosos y a menudo alejados unos de otros, depende esencialmente de la fecundidad de la madre y, por extensión, de toda fertilidad, el hombre expresará su creencia religiosa por el culto a la diosa madre. La famosa estatua conocida como la “Venus de Brassempouy”, como asimismo las divinidades en marfil de Berseba del cuarto milenio, o las estatuas de las islas Cíclades estilizadas como un violín expresan, hasta la entrada del hombre en el período histórico, una misma visión del mundo de los dioses.
Pero cuando la expansión demográfica obliga a las poblaciones de la cuenca oriental del Mediterráneo a la civilización urbana, la organización social, la conquista de nuevos territorios o a la defensa del patrimonio adquirido, el rostro de la divinidad cambiará también: la sobrevivencia del grupo depende ahora en gran parte de la fuerza y la valentía del hombre; de golpe las divinidades masculinas ocupan los lugares de privilegio en el club de los dioses… mientras las ciudades se protegen de murallas cuyos defensores o asaltantes serán hombres. Aun cuando se encuentren todavía aquí y acullá, y hasta los días de Alejandro, algunas divinidades femeninas en el mundo de los dioses, como Cibeles, la Gran Madre llamada también la Artemisa de Efeso (He 19,28), o la Diosa Madre de los Frigios…, Egipto, Grecia y Roma impondrán en el mundo mediterráneo a Amón, Zeus y Júpiter como padres de los dioses y de los hombres.
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