Los orígenes del hombre

Jesús ya había pasado los treinta años de edad cuando comenzó. Para todos era el hijo de José, hijo de Helí, hijo de Matat,… hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, que venía de Dios.” (Luc 3, 23…38.)

Lucas arraiga el misterio de Cristo en los orígenes de la aventura humana. Las 77 generaciones son évidentemente simbólicas, pero el último de la lista – que es de hecho el primero – es Adán. Lucas nos dice en dos palabras su eminente dignidad: venía de Dios. El paciente trabajo de los paleontólogos y de los historiadores ha desvelado en parte los orígenes del hombre: durante centenas de miels de años el hombre ha recorrido silenciosamente el largo camino de la vida, preparando de generación en generación a la humanidad en la cual el Verbo habría de encarnarse.

Los antepasados del hombre

La especie humana se presenta como una última rama del árbol de la vida, y nunca se debe olvidar que la cadena de sus antepasados remonta a la primera materia viva de la que salieron todas las especies. Pero todos sabemos que los monos, o simios, son los animales más parecidos a nosotros. De ahí las preguntas:

  • Si descendemos de alguno de ellos, ¿de cuál será?

  • Y si no son más que primos nuestros, ¿cómo y cuándo nuestros antepasados se apartaron de ellos?

Para empezar, es totalmente seguro que los grandes primates actuales, el gorila y el chimpancé, no son más que primos nuestros. Y no representan al antepasado común, porque mientras el hombre se iba transformando en todo su cuerpo, también los primates, de los que se había separado para empezar esta evolución original, se especializaron en una dirección diferente, caracterizada por el desarrollo de los dientes, de la mandíbula y de los brazos. Los más inteligentes de los actuales primates son más “bestiales” que sus antepasados del tiempo en que nos apartamos.

¿Cuándo se hizo la separación? La ciencia actual no puede precisar la fecha entre dos extremos que serían unos diez o quince millones de años atrás.

¿En qué lugar sucedió ? Hace unos años atrás, todos habrían contestado: en la parte oriental de África, de Etiopía a Tanzania, pues es ahí donde se sitúa la evolución posterior de la rama en la que se origina el hombre. Ahora, a raíz de nuevos descubrimientos en China, parece que la separación se hizo en Asia del este, y que nuestra rama se desplazó posteriormente hacia África donde se humanizó.

¿Cómo sucedió?

Los primeros pasos del hombre, o ¿cómo sobrevivir?

Hace unos diecisiete millones de años, toda la parte oriental de Africa, de Etiopía a Tanzania, estaba cubierta de selvas ecuatoriales donde prosperaban gran cantidad de primates (los primates son el grupo zoológico que abarca a los monos más cercanos a nosotros). Esos vivían en los árboles y saltaban de rama en rama, con su larga cola que les hacía de balancín. Eran de tamaño pequeño y se alimentaban de frutas y hojas.

Fue entonces cuando la deriva de los continentes y el choque de la placa “Africa-Arabia” con la placa asiática anteriormente separada, produjo un cataclismo geológico. Se hundió una larga falla norte-sur, desde Palestina (con la depresión del Jordán y del mar Muerto) hasta los grandes lagos africanos de Kenya. Tal vez fue ésta la razón por la cual se inició un cambio climático. La humedad disminuyó paulatinamente y las selvas se hicieron menos espesas, dejando lugar poco a poco a la sabana, interrumpida por bosques cada vez más reducidos.

Una parte de los primates se replegaron hacia el oeste, donde todavía subsisten las inmensas selvas. Su evolución los llevó a producir especies más grandes y fuertes, como son el chimpancé y el gorila, que se desplazan preferentemente sujetándose de las ramas con sus brazos largos y atléticos.

En cuanto a los de la parte oriental, tuvieron que adaptarse a una tierra donde por falta de árboles era más difícil defenderse de los carnívoros y donde ya escaseaban las frutas. Para alimentarse de semillas, de raíces y otras fibras vegetales duras, que desgastaban sus dientes, se reforzaron las mandíbulas, el esmalte de los dientes se hizo muy espeso. Para disuadir a los enemigos tuvieron que vivir en sociedades y crecieron en tamaño y fuerza. Ya eran capaces de mantenerse casi en postura erecta. Se afianzaron en esta manera de caminar, valiéndose de sus manos para agarrar la comida que llevaban a su boca y también para defenderse usando bastones y tirando piedras. Es probable que esos antepasados supieron labrar piedras en forma muy rudimentaria para hacerlas cortantes.

Lo que acabamos de exponer no es más que una visión global, un panorama del sector de Africa en que se han encontrado los más numerosos testigos de las especies en que ya se notan las dos alternativas de la vida: desarrollar las herramientas de que ya se dispone para sobrevivir, o superar un desafío creando algo nuevo. Durante los últimos años el examen de algunos esqueletos muy bien conservados tanto en Etiopía y Tanzania al este, como en el Chad al oeste de la gran falla africana han confirmado que durante un tiempo relativamente corto – unos pocos millones de años – las especies de los primates han demostrado una creatividad continua, como si estuvieran en busca de una superación.

Los primates

Se debe mencionar, en especial, un grupo de estos primates conocidos como los Australopítecos (monos del sur), que tenían la misma capacidad cerebral que los actuales gorilas, a pesar de ser mucho más pequeños. Los más antiguos eran más pequeños (como 1,20 m) y delgados, pero posteriormente aparecieron australopítecos “robustos” que alcanzaban 1,50 m y pesaban unos 50 kg, con unos músculos masticadores impresionantes.

Nuestros antepasados escogieron otra solución para superar el desafío de su supervivencia: en vez de reforzar los dientes y la musculatura, se enderezaron, desarrollaron el cerebro y aceptaron cambiar su menú. Esta familia, que los científicos incluyen en el mismo género que los hombres actuales al llamarlos Homo habilis , o sea el hombre artesano fue la primera en tallar piedras. Y es clasificado homo por su semejanza con nosotros. Pero precisemos que esta calificación de “hombre” sólo tiene valor biológico, o sea que se refiere a su cuerpo, y deja entera la cuestión de saber si tenía personalidad y espíritu como tenemos nosotros.

Mientras su primo australopíteco masticaba concienzudamente sus raíces, él, menos atlético pero más pillo, aprovechaba de toda ocasión para hurtar y poner trampas. Comía caracoles, ratones e insectos, pero también atacaba en bandas la caza mayor: antílopes, bovinos, jabalíes y hasta elefantes. Labraba piedras y construía refugios con postes y ramas de árboles.

Cuando el hombre esperaba el espíritu

Homo habilis había aparecido hace unos cuatro millones de años. Se quedó largo tiempo en Africa oriental y luego caminó hacia tierras desconocidas. A los dos millones de años había alcanzado Indonesia y sus familias se desplazaban por toda África, Asia y Europa, menos en las partes septentrionales, cubiertas por inmensos témpanos.

Entonces empezó a modificarse su apariencia: crecimiento en tamaño y peso, alargamiento de la cabeza y desarrollo del cerebro. Hace un millón y seiscientos mil años atrás, toda la especie había progresado, alcanzando una nueva forma, llamada Homo erectus (el hombre enderezado) que quedó bastante estable, así se mantuvo durante más de un millón de años.

Entre los años doscientos mil y cien mil antes de nosotros empezó una nueva evolución, afectando principalmente la cabeza, con nuevo aumento de la capacidad del cerebro, que llevó la especie a la forma Homo sapiens. En África del Norte, Asia y Medio Oriente, este Homo sapiens era casi idéntico a las razas actuales. En Europa en cambio, Homo sapiens adquirió caracteres más rústicos y bestiales, aunque su capacidad cerebral fuera la misma que la nuestra: éste fue el hombre de Neandertal , el que duró hasta los años treinta mil antes de Cristo, siendo sustituido lentamente por un Homo sapiens de la otra clase venido de Oriente, el llamado hombre de Cro-Magnon .

Con esto se termina la evolución biológica del hombre, teniendo presente que su evolución seguiría en adelante en el plan social y cultural. En el lapso que va de los primates arborícolas hasta el hombre, o sea, durante los últimos treinta millones de años, lo que llama más la atención es el crecimiento del cerebro. Pero la correlación entre las diversas funciones del cuerpo es tal que este crecimiento exigía una reordenación de todo el equilibrio y la estructura del individuo. Cuatro factores fueron igualmente necesarios para la hominización de los primates:

  1. Desarrollo del cerebro. No puede haber pensamiento y decisiones libres si la mente no dispone de una computadora de primera clase, con millones de millones de circuitos. Los especialistas consideran que no puede haber lenguaje mientras el cerebro no alcanza los 600 cm3 de capacidad. Pero no se trata solamente de un crecimiento cuantitativo. En el cerebro humano se ha desarrollado en forma privilegiada el cortex, o sustancia gris, y se han multiplicado las circunvoluciones. Las áreas laterales, responsables del lenguaje, de los movimientos de la mano, de la faringe y de los músculos de la cara, crecen y se organizan.

  2. Reducción de la mandíbula. El hombre tiene manos para defenderse y desgarrar las presas; la mandíbula ya no tiene tanto que hacer para masticar y morder. La estructura de la cabeza ya no está calculada primeramente para soportar los músculos poderosos de la masticación y, al reducirse la mandíbula, el cerebro puede enrollarse y aumentar de volumen. La reducción de dichos músculos permite que se desarrollen los numerosos músculos superficiales de la cara que reflejan las emociones y permiten la comunicación.

  3. Perfeccionamiento de la mano. Anteriormente, los animales transformaban partes de su cuerpo para que se adaptaran mejor a tal o cual función: patas para correr, o para cavar el suelo, o para agarrar las presas ; dientes para masticar, para morder, para roer. Ahora la mano fabrica instrumentos distintos del cuerpo, el cual no necesitará alienarse en forma irreversible a tal o cual trabajo, sino que estará siempre disponible para nuevas tareas. La mano, con sus herramientas, alivia los trabajos de la mandíbula, permitiendo que se reduzca ésta y se desarrolle el cerebro.

  4. La postura erecta. Al enderezarse totalmente el hombre, los miembros anteriores dejan de ser motores y la mano puede formarse. El desplazamiento del punto de articulación de la cabeza sobre la columna vertebral favorece el enrollamiento del cerebro. La postura vertical cambia totalmente la manera de relacionarse entre individuos y, en especial, las relaciones sexuales: juegos de la cara, intercambio de las emociones y caricias. La unión sexual cara a cara permitirá que surja el amor. El desplazamiento de los senos del vientre al pecho, consecutivo a la postura erecta, transforma la relación de la madre al niño durante el período de lactancia, haciendo que el despertar de su espíritu se haga a partir de la mirada y la sonrisa de la madre.

El desarrollo de la capacidad cerebral ha permitido la emergencia del espíritu, pero hacía falta mucho más que un cerebro de calidad superior para que se diera el salto de la inteligencia animal al espíritu. El mismo crecimiento del cerebro respondía a una exigencia profunda de su ser mientras progresaban sus actividades, su vida social y su lenguaje. En ese sentido, el paso de Homo habilis a Homo erectus y de éste a Homo sapiens , con un aumento considerable de la capacidad cerebral, se debe en primer lugar a su promoción cultural mediante la vida en sociedad. El desarrollo psicológico es el que arrastra el progreso biológico.

¿A partir de qué momento el hombre tuvo “alma”?

Respecto a eso de tener alma, o espíritu, debemos precisar tres cosas:

  • Según la fe cristiana – y la mayoría de los científicos y filósofos consienten en este punto – el espíritu del hombre no es solamente una forma superior de la inteligencia animal, sino que es diferente de cualquier alma o principio de vida que estén en los animales. La Biblia lo dice a su manera al expresar que el hombre fue hecho a imagen de Dios (Gén 1,26) y, por tanto, participa de todo lo que hay en Dios. El hombre es capaz de reflexión y de amor ; el hombre es capaz de ver la belleza y de crear arte. Es capaz de descubrir el orden del mundo y de reconstruirlo a su manera. Una inquietud en él, nunca satisfecha, hace que constantemente vuelve en sí, mide sus alienaciones y trata de superarse.

  • Damos por entendido que el espíritu no viene poco a poco. Hay o no hay espíritu, y uno no puede estar a medio camino entre la inteligencia animal y el espíritu reflexivo y libre. Solamente se dan etapas intermedias en el desarrollo psicológico que, en el animal, pudo preparar la llegada del espíritu. Y luego, también hay progreso en la capacidad del espíritu para renovar las reacciones psicológicas, la manera de pensar, los proyectos y los actos. Un hombre determinado, o toda una sociedad, puede evolucionar lentamente por tener el espíritu dormido, Pero el espíritu está o no está.

  • En el mundo animal o vegetal no cuenta el individuo, sino la especie que vive y crece a través de los individuos. Ahora bien, si unos de ellos llegan a “tener alma” (la palabra espíritu convendría mucho más), se puede hablar de una nueva creación. Esta vez el individuo existe y vale para sí mismo y para Dios: es persona. Y la persona empieza a existir por don de Dios. Es falsa en todo sentido la expresión: el hombre desciende del mono. En especial da a pensar que el hombre llega un poco por casualidad. En cambio, para el cristiano, desde el principio de la creación, Dios la ha ordenado para que de ella surgieran personas humanas, y dispuso que el universo tendría finalmente por centro y cabeza a uno de esta raza: el Verbo de Dios hecho hombre (Ef 1; Jn 1,1-14).

Las ciencias naturales no pueden fijar la frontera entre el animal y el hombre, pues solamente los observan desde lo exterior. Pero los científicos, usando como nosotros los criterios de la sabiduría común, se fijan en esas adquisiciones del hombre: la fabricación y el uso de las herramientas, la aparición del lenguaje y las manifestaciones del sentimiento religioso y artístico.

El misterio del hombre

Durante muchos años el uso de herramientas fue considerado como algo propio del hombre. Pero ahora la observación de los primates ha mostrado que usan palos como verdaderas herramientas, y es casi seguro que los australopítecos tallaban piedras en una forma rudimentaria. Homo habilis tallaba piedras y además conservaba la piedra para golpear y dirigía el impacto mediante un percusor. Pero también debemos considerar que no progresó en sus técnicas durante dos millones de años. No veinte siglos, ni diez veces veinte siglos, ni cien veces, sino mil veces veinte siglos… ¿Puede el espíritu ser tan lento?

También muchos pensaron que era propio del hombre no temer el fuego y saber producirlo y conservarlo. En ese caso habría habido hombres verdaderos desde los comienzos de Homo erectus , el que usó el fuego, o sea, un millón y medio de años atrás. También muchos piensan que Homo erectus fue el primero en tener desarrollada la parte del cerebro que contiene el centro del lenguaje, y eso sería una prueba de que hablaba. Se ha notado que Homo erectus escogía sus piedras por sus calidades no solamente técnicas, sino también estéticas. Más todavía, el examen de los cráneos del sinantropo (o sea: hombre de China), que era un homo erectus , restos que datan de unos cuatrocientos mil años, hace sospechar a algunos que hayan sido sometidos a ritos religiosos.

Estos últimos hechos, si se confirmaran, serían una prueba de que ya en esos tiempos lejanos hubo hombres verdaderos. Pues las manifestaciones del sentimiento religioso, habitualmente en la sepultura de los muertos, son consideradas por todos como una prueba inequívoca de que se ha despertado el espíritu. En realidad, los testimonios más antiguos de este sentimiento que están seguros son las sepulturas del hombre de Neandertal, un Homo sapiens, en los años treinta mil a cuarenta mil antes de Cristo. Y luego se fueron multiplicando las manifestaciones del arte. Esta es, pues, la fecha más tardía en que se pueda ubicar la aparición del hombre verdadero.

Pero, tal vez la aparición del hombre verdadero, dotado de espíritu, no coincida con tal o cual etapa de la clasificación en homo habilis, homo erectus, homo sapiens. Estas denominaciones se fundamentan en las características de los esqueletos que se han encontrado y no son más que etapas aproximadas dentro de la evolución biológica. Mientras tanto el progreso real de nuestra raza era de orden cultural y psicológico.

El despertar del espíritu puede haber tenido lugar dentro de una de estas especies sin afectar a todos los individuos de esta especie. Posiblemente se produjo dentro de grupos prehumanos a raíz de crisis que conmovieron profundamente a varios individuos, y posteriormente la propagación de esta chispa pudo asemejarse a la de ciertas tomas de conciencia dentro de la historia. ¿Quién sabe, y cuál fue la intervención del Dios que hace milagros y resucita a los muertos? Si, como lo observa la Biblia, no sabemos por qué camino la persona humana se introduce en la mujer embarazada (Pr 30,19), menos todavía sabemos por qué caminos vino a alojarse en los primeros seres humanos.

Enderezado, erecto, liberado, despierto, resucitado

En tiempos pasados se ha dado mucho énfasis al desarrollo del cerebro como factor esencial de la evolución humana: teniendo cada día más inteligencia y capacidad cerebral, el animal habría llegado naturalmente al espíritu. El hombre, en fin de cuentas, sería solamente el más dotado de los animales. Otra es la conclusión que se saca ahora de los datos paleontológicos y arqueológicos. El factor que separó los antepasados del hombre de sus hermanos animales fue la postura erecta, es decir, una manera de pararse, de vivir y de caminar que transformaba las relaciones entre individuos y les permitía levantar la mirada. Luego empezó el progreso cultural, fruto de la vida comunitaria, y la transmisión a los jóvenes de las experiencias del pasado. El crecimiento del cerebro acompañó la promoción del hombre sin ser la causa verdadera.

El enderezamiento ha dado la pauta del proceso; ha sido el primer gesto liberador, fuente lejana de actitudes libres y de relaciones personales. Como tal se ubica perfectamente dentro de la gran revelación bíblica que presenta la historia divina del hombre como hecha de liberaciones y rupturas, mediante las cuales el hombre se salva , o sea conquista plenamente su persona - aunque nunca sin una mirada ajena en la que descubrió el amor.